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RETRATO AL CICLISTA MURCIANO

"Es imposible, con lo que ha tenido, y a su edad, que vuelva a competir", me dijo Induráin en noviembre

Ni el más optimista de sus seguidores podía imaginar, aquel fatídico 1 de julio en Düsseldorf, que Alejandro Valverde pudiera volver a parecerse al de la primavera de 2017. "Es imposible, con lo que ha tenido, (fractura de rótula y astrágalo) y a su edad, que vuelva a competir al máximo nivel",  me dijo Miguel Induráin en una entrevista el pasado octubre. La frase, en boca de Miguel, me retumbó en la cabeza durante un tiempo. Hasta que volví a ver a Alejandro.

Fue a primeros de noviembre, en la primera concentración del equipo. Alejandro tenía la mirada primaveral de un niño que olfatea las vacaciones. Había terminado la fase más dura de la rehabilitación, rodaba desde hacía un par de meses, aunque seguía trabajando para fortalecer la rodilla lesionada. Era otoño, pero para él, noviembre era su primavera. Veía ya en el horizonte su regreso, a tres meses vista, tras el calvario de la recuperación de una lesión que a cualquier otro, a su edad, podría haberlo retirado.

Un ciclista especial

Valverde es especial. Tiene un talento descomunal, una cultura de esfuerzo y sacrificio como la mayoría de corredores, un celo casi obsesivo con la alimentación (presume de mantener durante años sus 62 kilos de peso sin esfuerzo), una genética física portentosa y desde hace unos años también una autoestima que solo logró al subirse por fin al cajón de París en el 2015. Y quizá lo más importante, es más feliz que nunca sobre la bici. Ha alcanzado la madurez de quien sabe que ya ha hecho su carrera, que es querido, admirado y respetado como nadie en el pelotón, y se ha liberado de una presión que alguna vez le impidió disfrutar con la plenitud que ahora lo hace.

Lo que más me llama la atención desde que conocí a Alejandro es su capacidad para sonreír en la adversidad. Lo vi por vez primera en un hotel en Francia, durante una jornada de descanso del Tour 2012.Una caída en Metz con más de 40 corredores implicados había hecho estragos en el equipo Movistar. El propio Alejandro presentaba numerosas heridas en la pierna y el brazo, otros compañeros se habían visto obligados a abandonar. El comedor de aquel hotel parecía albergar una convención de esqueletos andantes malheridos con brazos y piernas ensangrentados en carne viva. Era dantesco. Pero Alejandro volvía a encontrarse con el Tour tras casi dos años cumpliendo sanción y no había herida que lo bajase de la bici. Demasiado tiempo aguardando este momento.

La adversidad

Los Alpes esperaban tras el descanso y subió al día siguiente las larguísimas rampas de La Madeleine reencontrándose, feliz, con su amigo el sufrimiento. Tras la falta de competición aquello costaba más de lo normal. "¡Allez Alejandro!" gritaban desde las cunetas. Llegó con algún minuto de más, pero había dejado atrás el peor capítulo de su carrera.

Cinco años después lo ha vuelto a hacer. Ha sabido sobreponerse a la adversidad. Se ha sacrificado para conseguir primero subirse a la bici, y luego volver a competir al más alto nivel como antes.

La clase no se pierde, el físico se recupera, y los traumas se superan, como el que revoloteará por su cabeza cuando la carretera esté mojada.

Le ocurrió al volver a competir en Mallorca. En la siguiente carrera atacó como solía en el puerto del Garbí y se adjudicó la Vuelta a Comunitat Valenciana. En Abhu Dabi volvió a ganar a 'lo Bala'. La primavera promete, Alejandro vuelve a sonreír,  y yo me acuerdo del genio. Le tira el Real Madrid, pero Valverde es Messi. Físico, clase y felicidad. Y de todo eso, ambos tienen a toneladas. 
 

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