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ANÁLISIS

Berlusconi (izquierda) posa para un selfi con un seguidor de Forza Italia, en Milán, el 25 de febrero.

AFP / PIERO CRUCIATTI

La nostalgia del fascismo

Rosa Massagué

La Constitución con la que Italia se quería republicana y democrática después de la derrota del Eje en la segunda guerra mundial prohíbe la reorganización del partido fascista bajo cualquier forma. La ley que implementa la prohibición castiga a quien “públicamente exalta a representantes, principios, hechos o métodos del fascismo, o bien su finalidad antidemocrática”.

Parecería que la Carta Magna y la ley de aplicación han sido derogadas vista la deriva que toma el populismo en Italia. La inmigración es el gran argumento que alimenta la xenofobia y el racismo de la ultraderecha, pero de este caldo de cultivo se está desgajando algo que va más lejos y es directamente fascismo. El pasado está en el aire. Lo detecta el primer ministro Paolo Gentiloni, o el director de ‘La Repubblica’, Mario Calabrese. La campaña electoral se vive no solo con tensión. También con violencia.

La coalición electoral que encabeza Silvio Berlusconi con su Forza Italia (FI) huele a aquellos tiempos pretéritos. Un militante de la xenófoba Liga Norte (LN), disparó hace 20 días en Macerata (centro) contra cinco nigerianos. Un candidato del mismo partido, Attilio Fontana, exalcalde de Varese (norte), declaró que "la raza blanca" debe ser defendida.

Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia (FdI, en sus siglas en italiano), pronunció una virulenta arenga antiinmigración junto a Rachele Mussolini, una nieta del Duce, en la ciudad de Latina. El lugar no era casual. Latina es una de las ciudades levantadas de nueva planta por el dictador en las marismas del Agro Pontino, al sur de Roma, a donde trasladó a miles de italianos de las zonas más pobres del norte, como narra Antonio Pennacchi con todo lujo de detalles humanos, políticos y técnicos en ‘Tierra de nadie’ (‘Canale Mussolini’, en su versión original), una novela que más parece un gran reportaje.

Amnistía Internacional detecta una Italia “impregnada de hostilidad, racismo y xenofobia”, y considera que los estereotipos discriminatorios y que incitan al odio son atribuibles a los tres partidos de la coalición: LN (50%), FdI (27%) y FI (18%). Y luego, fuera de la alianza, hay que anotar CasaPound, un partido nacido de un movimiento okupa, que se declara abiertamente fascista, y que aspira a superar el 3% de los votos, lo que le permitiría entrar en el Parlamento. O Fuerza Nueva.

Hace pocas décadas, cuando algo no funcionaba, una persona mayor te podía decir como en secreto y recordando el tiempo del fascismo en que se supone que todo funcionaba a la perfección, sobre todo la puntualidad de los trenes: “¡Ah, quando c’era Lui, caro Lei…!”, “ah, cuando estaba él, amigo mío…” Él no era otro que Mussolini, quien de alguna forma seguía presente en algunas mentes. Rosy Bindi, que preside la coalición parlamentaria antimafia, lo expresa diciendo que nunca se había superado completamente la nostalgia del fascismo. Y hoy, añade: “No existe la vergüenza de definirse nostálgicos”. Tampoco la urgencia de hacer cumplir la Constitución.

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