04 jul 2020

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ANÁLISIS

Schulz (derecha) y Andrea Nahles, líder del grupo parlamentario del SPD en el Bundestag, aplauden tras el voto en el congreso socialdemócrata, en Bonn, el 21 de enero.

AP / KAY NIETFELD

Apuesta a doble o nada

Rafael Vilasanjuan

¿Creíamos que Alemania podía estar exenta del vaivén político que atraviesa Europa? En un país donde la economía no para de crecer, las elecciones de septiembre dejaron rastro del descontento, permitiendo que por primera vez la ultraderecha entrara en el Parlamento de Berlín. Populismo, tal vez, pero no dieron todo el poder a Angela Merkel y lo que es peor, decidieron que el único Gobierno posible estuviera en manos de nuevo de otra gran coalición con los socialdemócratas del SPD que, precisamente por haberla apoyado hasta entonces, recibieron en las urnas el peor castigo desde la segunda guerra mundial.

En un SPD dividido entre los más jóvenes, que querían renovarse en la oposición, y los cuadros dirigentes, que a pesar de haber negado un nuevo acuerdo en campaña, apuestan ahora por otra gran coalición con una agenda social más comprometida, no era fácil el acuerdo. Pero para entender lo que ocurrió este domingo en Bonn hay que salir de los salones del congreso y de las fronteras de Alemania. Porque los argumentos para gobernar en coalición, cuando una parte de los votantes les han dado la espalda precisamente por eso, obedecen principalmente a la necesidad imperiosa de sacar a Alemania de un bloqueo que pone en peligro su estabilidad, sí, pero más aún el equilibrio europeo.

Al margen de nuestro Gobierno ensimismado en su jardín interno, no ha habido líder europeísta, a izquierda y derecha, que haya dejado pasar la oportunidad de recordar a Martin Schulz que lo que está en juego no es solo Alemania. Desde los más afines a Merkel, como el francés Emmanuel Macron o el presidente europeo Jean-Claude Juncker, a otros más próximos al líder socialista alemán como Paolo Gentiloni, le han apelado para que su partido se decantara por cerrar la parálisis política y evitar un mal mayor en Europa. Incluso Alexis Tsipras, cuyo argumentos de izquierda radical, considerados populistas, le llevaron al poder en Grecia, escribió para convencerle que Europa necesitaba este acuerdo.

Una ventana abierta, por la que Schulz ha asomado todo su capital político, elaborando un acuerdo ambicioso para Alemania, pero también para Europa. Doble o nada. El pacto de Gobierno con los conservadores alemanes es un documento de 24 páginas. Las cinco primeras dedicadas a la UE -¡todo un ejemplo europeísta!- que apuestan por abandonar las políticas de austeridad, avanzar en los aspectos críticos de la moneda y la fiscalidad y escalar, en fin, hacia la cima de un proyecto imposible si Alemania deja de empujar. Pero un acuerdo también social para los alemanes, que pone el peso en el acceso a la salud y la educación, con una tasa a las transacciones financieras y una cuota que aunque limita la entrada, acabará aceptando a 200.000 refugiados e inmigrantes cada año. El primer paso está dado, ahora el acuerdo tendrá que ser ratificado por medio millón de militantes socialistas. Hasta entonces la gran coalición está en juego. Un reto para Alemania. Para Europa, una apuesta a doble o nada.