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LABOR HUMANITARIA

Un año, un viaje diferente

Un año, un viaje diferente

José María Vera

Estamos petrificados en los asuntos domésticos, intensos desde luego, sin dedicar atención ni a los retos que desafían nuestro pequeño planeta ni a lo que les ocurre a otros seres humanos, el otro lejano

Cada día se mira menos lo que pasa en el mundo. Estamos petrificados en los asuntos domésticos, intensos desde luego, sin dedicar atención ni a los retos que desafían nuestro pequeño planeta ni a lo que les ocurre a otros seres humanos, el otro lejano. Nuestros políticos de primera fila no ayudan. Como nunca antes, no vibran, ni tienen agenda, ni lideran la proyección del país hacia el exterior. Tampoco hay espacio para la conexión evidente entre lo global y lo que nos ocurre, cuando la dependencia es máxima. Vale, Venezuela, este Trump, algún desastre natural si es grande, pelín de Europa y ya.

Les propongo un breve viaje exterior, al hilo de algunas visitas del año de nuestra organización.

Comenzando en el frío con los refugiados que, huyendo de bombas, pretendieron encontrar acogida en Europa. La UE les dio la espalda y optó por blindarse y asegurar que los vecinos cercanos se ocupen. Externalizar fronteras se llama. España a la cabeza, tanto que denunciamos ante la Comisión Europea el flagrante incumplimiento de la cuota comprometida. Apenas un 13 %, miles de refugiados bloqueados. Las rutas por desierto y mar son cada vez más inseguras.

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De los migrantes que se hacinan en el infierno libio se habla algo. En el silencio quedan millones de personas sumidas en severas crisis humanitarias. Fuimos a Chad en su frontera con Níger donde la gente muere de hambre y pena por haber tenido que abandonar su orilla del lago, en medio del conflicto entre Boko Haram y los ejércitos. Allí los equipos de Oxfam se dejan la piel para salvar vidas, proteger y asegurar agua frente a la sed. Sobrepasados, allí y en Somalia, Sudán del Sur, Siria, Irak...

Armas españolas en Yemen

Si viajaran a Yemen no podrían entrar. Los puertos se bloquean con frecuencia por lo que ni los alimentos ni los suministros humanitarios tienen fácil acceso. Un millón de personas sufre cólera, casi ocho están al borde de la hambruna. Sin embargo, las armas sí entran. También las españolas por valor de 600 millones de euros en ventas a Arabia Saudí, parte en el conflicto que asola el país.

Aquí hace calor y como que no llueve. Acerquémonos a la aridez del cuerno de África donde llevan tres años de sequía extrema, donde el calor lo calcina todo. Veríamos a nómadas sin ganado, que tienen que asentarse en campos de desplazados, a familias campesinas que dejan su tierra y se marchan a donde pueden. El cambio climático será terrible mañana, aunque ya ha destrozado hoy la vida de miles de comunidades.

Más del 90% de los asesinatos machistas quedan impunes en Centroamérica y se dan 30 veces más que en España

Las mujeres sufren de forma especial. En Centroamérica sabríamos que más del 90 % de los asesinatos machistas quedan impunes y se dan 30 veces más que en España. En cualquier conflicto sentiríamos el horror de la violencia sexual contra las mujeres como arma privilegiada. A la dureza se suma la desigualdad en el acceso a la tierra, al agua, al salario.

Sin embargo, no hay que viajar para que veamos los efectos de la desigualdad económica. Basta con salir a la calle. España es líder en incremento de la desigualdad durante la crisis sin apenas reducirla cuando crece el PIB, que se lo llevan pocos. El desempleo está dando paso a la precariedad en un trabajo que deja pobre a quien lo tiene. La riqueza extraída por los poderosos es barajada por ingenieros fiscales para aparecer, ale-hop, en islas que nunca visitaremos. Los recortes en políticas sociales comienzan ahí, en los papeles del paraísoOcurre en todo el mundo.

Los espacios de lucha y esperanza

Hasta aquí los retos globales que enfrentamos. Cuatro problemas: desigualdad, cambio climático, machismo y autoritarismo. Un fenómeno positivo a gestionar: las migraciones.

Dicho lo anterior, si se vinieran de viaje les llevaría a visitar los espacios de lucha y esperanza, que son muchos y vibrantes. Mujeres en Marruecos que aspiran a liderar sus comunidades y a trabajar con dignidad; desplazados en el Sahel que se aferran a la nueva tierra para cultivar una brizna verde; víctimas de la violencia sexual en Colombia que reclaman verdad y reparación en el proceso de paz; movimientos de activistas en Burkina Faso; familias y grupos productores que alcanzan la sostenibilidad en el campo mauritano; defensoras en Honduras que cogen el testigo de Berta Cáceres.

Hay que mirar afuera, ocuparse, acompañar y sentir la esperanza. ¡Buen 2018!

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