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ANÁLISIS

Un palestino se enfrenta a un policía israelí en Jerusalén.

THOMAS COEX / AFP

La primavera palestina

Joan Cañete Bayle

Muertos los dos estados, solo hay una salida para la causa palestina: pasar de un movimiento de liberación a otro de derechos civiles, voto y ciudadanía

Pues no, Jerusalén no ardió. Y no, no hay en marcha una tercera Intifada, la Intifada de Trump, a cuenta de la decisión de EEUU  de reconocer Jerusalén como capital de Israel sin tener en cuenta ni la legalidad internacional ni el plan de paz aún vigente sobre el papel, el de dos Estados. Ha habido disturbios en zonas fronterizas de Gaza y Cisjordania, y han muerto algunos palestinos, claro (¿cuándo no mueren palestinos? Hasta el 4 de diciembre este año habían muerto 61 palestinos en los territorios ocupados, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios). Ha habido manifestaciones, se han lanzado cohetes desde Gaza y nadie puede descartar algún acto individual de violencia pero no, no hay una intifada en ciernes, una pena, tanta saliva y tinta malgastada.

La primera intifada, de la que ahora se han cumplido 30 años, fue un movimiento sobre todo popular, sin grandes liderazgos políticos. La segunda, la que empezó simbólicamente con la provocación de Ariel Sharon en la Explanada de las Mezquitas, se basó en el liderazgo de los movimientos palestinos y sus brazos armados, desde Al Fatah a Hamas. Hoy, la palestina es una sociedad quebrada por la red de violencias que conforma la ocupación, que aún no se ha recuperado de la segunda Intifada, cuya factura humana y política fue altísima. Pero, sobre todo, es una sociedad muy desarticulada desde un punto de vista político en la que los movimientos políticos tal vez mantengan parcelas de poder, pero no de legitimidad ni capacidad de movilización.

A medida de Arafat

La Autoridad Nacional Palestina (ANP) es el mejor ejemplo de ello. Sin peso político dentro y fuera de los territorios, como la decisión de Trump no ha hecho más que evidenciar, su papel se limita a gestionar una ficticia autonomía bajo plena intervención israelí y dependiente por completo del exterior. La ANP fue un organismo creado a medida para Yasir Arafat y para cumplir una función de transición. Políticamente, murió en la operación Muro Defensivo del 2002. La muerte del rais fue su puntilla. Desde entonces, el debate es si es ineficaz, irrelevante o, en el fondo, una herramienta más de legitimación de la ocupación.

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Tiene razón Binyamin Netanyahu cuando aconseja a los palestinos que acepten la realidad respecto a que Jerusalén es la capital de Israel. Jerusalén es una ciudad conquistada y ocupada. Es un buen consejo, aceptar la realidad: Israel ganó la segunda Intifada militarmente (faltaría más) pero también políticamente. El precio de esa derrota fue el fin del Estado palestino, hoy inviable territorial y políticamente. A diferencia de otros colonizadores y ocupantes durante siglos, el movimiento sionista fue a Palestina a quedarse. De la misma forma, los palestinos no se van a ir. Esa es otra realidad. Muertos los dos estados, solo hay una salida para la causa palestina: pasar de un movimiento de liberación a otro de derechos civiles, voto y ciudadanía. Dejar de pensar en las fronteras de 1967 y pasar a pensar en 1948. A los palestinos tan solo les queda un movimiento, de naturaleza puramente unilateral: desmantelar la ANP y pedir igualdad de derechos en el Estado que se declara judío, obligar a Israel a aceptar otra realidad, que la ocupación tiene un precio. Para ello, el liderazgo palestino actual no sirve, hay que mirar hacia Haifa más que hacia Ramala o Gaza.

No ha habido una Intifada, pero si hubiera una, esta no sería contra Israel. Al margen de resistir, la única forma de lucha contra la ocupación que les queda a los palestinos es desencadenar su propia primavera.

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