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Un dirigente referencial

¿Por qué Pasqual Maragall?

Gerardo Pisarello

El 'expresident' encarnó como pocos lo mejor del catalanismo no nacionalista: transversal, popular y progresista


El pasado 2 de diciembre se cumplieron 35 años de la toma de posesión de Pasqual Maragall como alcalde de Barcelona. Alguna gente se pregunta por qué quienes no viniendo del maragallismo y teniendo el privilegio de estar al frente del gobierno de la ciudad evocamos su figura. Hay respuestas que nos resultan obvias. La primera, porque Maragall ha sido seguramente el mejor alcalde que la ciudad ha tenido desde la Transición. La segunda, porque, más allá de las discrepancias, muchas de sus ideas, de sus intuiciones y de los impulsos que le movían, nos interpelan todavía hoy. Y no solo eso: resultan esenciales para pensar la Catalunya, la España y la Europa del presente y del futuro.

Uno de los rasgos que más cautiva de Maragall es su independencia de pensamiento, su antidogmatismo. Venía de una familia en la que convivían el liberalismo abierto de su abuelo Joan con el institucionalismo republicano de su madre. Este talante le acompañó siempre. A diferencia de lo que ha sido frecuente en la tradición nacionalista conservadora, nunca se pensó a sí mismo como la encarnación de las esencias de la patria ni como un líder mesiánico. Fue un alcalde y un presidente de la Generalitat republicano. Es más: su socialismo heterodoxo, cultivado en el Front Obrer de Catalunya (FOC) y atravesado por elementos liberales y libertarios, resulta fascinante, aunque algunas de sus concreciones puedan no compartirse.

Anticipado a los retos del futuro

Recientemente se le ha comparado con Franklin D. Roosevelt, uno de los presidentes más progresistas de Estados Unidos. El símil no es desacertado. Al igual que el artífice del New Deal, Maragall demostró una capacidad extraordinaria para anticiparse a los grandes retos de futuro, para transmitir entusiasmo y, sobre todo, para aglutinar a gente muy diversa en torno a grandes proyectos de transformación social y urbana.

Sabía que las ideas no sobreviven sin organización. Pero siempre combatió las inercias burocráticas de partido. Comenzando por el propio. No por casualidad, impulsó iniciativas como Ciutadans pel Canvi o se interesó por la irrupción de Podemos apareciendo por sorpresa en su primer acto en Vall d’Hebron.

Un conocido urbanista decía que quien no ama su ciudad no tiene derecho a gobernarla. Maragall siempre amó Barcelona y las ciudades en general. Pensaba que eran la esperanza de la humanidad. «Mi patriotismo –ha dejado escrito– es el que nace del barrio ordenado, de la escuela luminosa, de la sanidad próspera».

Ese patriotismo de las mejoras concretas le llevó, ya en los años 80 del siglo pasado, a defender un proyecto todavía hoy inacabado: dignificar social y económicamente las periferias y construir, con respeto y sin prepotencia, la ciudad metropolitana.

El excalde propuso hacer del municipalismo un elemento de democratización y modernización de España y de Europa

Maragall fue un municipalista convencido. No solo como alcalde. Al llegar a la Generalitat, lo primero que hizo fue impulsar una ley de barrios. Una auténtica iniciativa antiguetos que el Govern de Artur Mas desmanteló sin contemplaciones en el 2011. El pujolismo, en realidad, siempre vio a las ciudades como una amenaza. Maragall, no. En la línea de Gabriel Alomar o del propio Pi i Margall, propuso pensar Catalunya como una red de ciudades, y hacer del municipalismo un elemento de democratización y modernización de España y de Europa. Todo lo contrario de lo que está ocurriendo hoy.

No es fácil aventurar qué habría opinado sobre los grandes temas de la actualidad. Leyendo lo que escribió y dijo, sabemos que, al igual que el president Companys, veía en el federalismo una vía para conectar de manera respetuosa las diversas naciones y gentes de España. Por eso, y porque fue un crítico duro de Aznar, cuesta pensarlo posando junto a García Albiol o inhibiéndose ante el encarcelamiento de miembros del Govern y de la sociedad civil catalana. Pero no solo eso: también se hace difícil imaginarlo entonando mantras reaccionarios y simplistas como «España nos roba», «España es irreformable» o «cuanto peor, mejor».

Una mirada transgresora

Y es que Pasqual Maragall encarnó como pocos lo mejor del catalanismo no nacionalista: transversal, popular, progresista, y dispuesto a construir alianzas para transformar España y Europa en un sentido más plural, más social y más democrático. Se enfrentó a grandes obstáculos y cometió errores. Pero si hoy podemos ir más allá, también es gracias a esa mirada transgresora, abierta al mundo, y profundamente enamorada de Barcelona y de su gente.

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