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Al contrataque

Imagen del episodio del programa de TV-3 El Foraster dedicado a Formentera.

No somos gente

Najat El Hachmi

En la escuela catalana a la que fui me enseñaron que era ciudadana, y que no era gente, ni pueblo, ni identidad, ni nación, ni ninguna etiqueta que me quisieran atribuir

Ahora lo dicen a diestro y siniestro: la gente, la gente de Catalunya. Convierten así a los ciudadanos, toda su diversidad de opiniones, pareceres, ideologías, condiciones sociales y procedencias en una amalgama amorfa donde se diluye la condición misma de individuo. Quienes venimos de lugares donde la identidad colectiva nos ha asfixiado hasta resultar insoportable, donde el chantaje de la pertenencia nos ha impuesto el destierro o la coerción, cuando oímos que apelan no a nuestra condición de ciudadanos sino a la de ser gente, pueblo, se nos ponen los pelos de punta. Hace tiempo que pasa, no es nuevo, desde que tuvimos que ir cogiditos de la mano de quienes se cargaron nuestros derechos fundamentales, desde que nos instan a formar una piña, a ser más que nunca un conjunto cohesionado, homogéneo, a ir todos a una en contra del enemigo exterior. 

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Será un defecto mío, pero me asustan las multitudes y cuando he formado parte de alguna siempre he tenido la sensación de que perdía control sobre mi voluntad individual. Por eso las banderas se me hacen estrechas, los himnos cacofónicos y los gritos multitudinarios enseguida me parecen verdades falseadas, tópicos manidos. Lo que no me esperaba a estas alturas es que los políticos que piden mi voto se dirijan a mí no como ciudadana crítica que piensa y quiere saber qué acción de gobierno tendrá el que gane las elecciones sino que me digan día sí día también «el pueblo», «la gente» o pero aún, «buena gente» imitando la frase tan repetida de Quim Masferrer en el programa El foraster. El presentador, después de conocer los habitantes de cada pueblo que visitaba, al final siempre les decía a todos lo mismo: «Sois muy buena gente».

Buena y no tan buena

Y digo yo que por muy idealizado que tengamos el mundo rural, la gente que vive en los pueblos será de todo tipo, buena y no tan buena. Pero aún si la afirmación se hace en un programa de televisión, la cosa no es tan grave. El problema es cuando los candidatos a presidir mi país nos interpelan como gente, como buena gente.

Cuando hablan, la verdad, no estoy muy segura de que me hablen a mí. En la escuela me enseñaron que no era gente ni pueblo ni identidad ni nación ni ninguna etiqueta que me quisieran atribuir, en la escuela catalana a la que fui me enseñaron que era ciudadana y que como tal tenía que ser responsable de mi voto escogiendo en cada convocatoria la opción política que creyera más conveniente. Incluso se atrevieron a recomendarme que leyera los programas de cada partido y con los conocimientos y la libertad de criterio que me inculcaron, decidiera. Ahora me dicen que no, que lo que tengo que escoger es quién es mi gente y con quién quiero ir. Lo que harán o no, da igual, si son buena gente, como yo, no tengo nada de lo que preocuparme, seguro que velarán por mis intereses.

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