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Análisis

Barcelona ya no tiene poder

Jordi Mercader

Esta pérdida de peso, de proyección y de poder de atracción va a durar algún tiempo. Hay que hacerse a la idea


Barcelona tuvo poder. Y nadie se lo discutía; era una ciudad atractiva, cómoda y acogedora para el visitante, proyectaba al mundo la imagen de una ciudad segura, física y jurídicamente, un lugar ideal para hacer negocios, la capital de un país encantador y cosmopolita. Ahora la ciudad sale en todos los telediarios del mundo como el escenario de una caza de brujas contra el turista, un lugar en el que la policía carga brutalmente contra las buenas gentes para impedir que depositen sus papeletas en un simulacro de referéndum, es una imagen fija de huelgas de país organizadas desde el propio Gobierno autonómico y la sede de un Parlamento que proclama la inseguridad jurídica y la bondad de la desobediencia al Estado de derecho. Y además, la locura terrorista golpeó a los inocentes en la Rambla en pleno verano.

¿Cómo va a sorprendernos que la Unión Europea no confíe en nosotros para acoger la Agencia Europea del Medicamento? La estabilidad política no es un capricho de los conservadores, no es un lujo inventado para impedir el acceso al poder de los supuestos revolucionarios ni un argumento para combatir a los partidarios de socavar el equilibrio social para alcanzar sus proyectos. La estabilidad política es la garantía de un conjunto de intangibles que en el caso de Barcelona proyectaban una marca casi invencible.

Esa marca se ha volatilizado. Lo sospechábamos y la Unión Europea nos ha mandado recado para que tomemos conciencia. Técnicamente no había dudas, hay un potencial científico, una industria farmacéutica indiscutible, unas buenas comunicaciones y una calidad de vida envidiable. El fracaso de la EMA no es el resultado de un solo factor. No habría que olvidar que España acoge tantas agencias europeas como todos los países del Este juntos; sin embargo, los méritos de la derrota son propios y plurales.

"¿Cómo está la cosa por ahí?"

El Gobierno cesado de la Generalitat y su presidente afiliado al antieuropeísmo militante desde la propia Bruselas, fugado después de haber provocado la mayor crisis política que se recuerda en mucho tiempo; la violencia innecesaria desatada por el Gobierno de Madrid para frenar un contencioso político, el funambulismo del ayuntamiento en materias altamente sensibles... Todos han colaborado para que la pregunta más habitual de los inversores y visitantes antes de viajar a Barcelona sea : «¿Cómo está la cosa por ahí?».

Algo impensable hace unos pocos años, pero muy comprensible dado que los primeros en no creer en la ciudad y el país son los empresarios de casa que huyen a buscar cobijo legal en otras partes. Esta pérdida de peso, de proyección y de poder de atracción va a durar algún tiempo. Hay que hacerse a la idea. El prestigio y la reputación se ganan durante décadas y se pierden en un instante. Habrá que hacer algo más que mandar tuits para convencer a los estados de la Unión de que Barcelona es la ciudad idónea para confiarle nuevas agencias, además de la de Fusion for Energy. 

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