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El reto del cambio climático

Érase una vez un planeta

Olga Merino

Dentro de unos años será un privilegio ver crecer un sembrado o madurar una viña

Comoquiera que el panorama invita a la introspección y el recogimiento, estoy disfrutando mucho la lectura de El que la terra m’ha donat (Columna), la última obra del periodista Lluís Foix, una gavilla de reflexiones en torno a la naturaleza y el vínculo íntimo del hombre con ella: en realidad, no somos más que arcilla pensante. En sus páginas, al ritmo cíclico de las estaciones, se suceden la encina, la higuera y otros árboles que escuchan, la felicidad de contemplar el cielo de poniente, el carácter mediterráneo del aceite, el trigo y el vino, la chicharra del sol en el cogote en las horas quietas de agosto, el aroma de los bosques en otoño… La tierra nunca engaña, advierte el autor; es lo perdurable, lo que siempre está ahí. Más que las personas.

Parece un libro de otra época por la cadencia lenta que impone y porque su filosofía se aviene poco con el signo de los tiempos, que alientan la prisa, la angustia, la inquietud permanente y un consumismo loco, generador de necesidades ficticias, como el monstruo de las toallitas húmedas que las cloacas vierten al mar o el invento de las cápsulas de café. ¿Adónde va a parar todo ese aluminio?

Con la naturaleza no se juega, dice Foix; si se la haces, siempre te la devuelve, de la misma forma que tampoco puede considerarse progreso un desarrollo económico y tecnológico que no deje a las generaciones venideras una calidad de vida integralmente superior. Y, desde luego, no estamos en la buena senda.

Este año de 2017, funesto en muchos aspectos, pasará a los anales de la historia como el segundo más caluroso desde que se iniciaron los registros, a finales del siglo XIX. Ya es innegable la mano del hombre sobre el calentamiento global, cuyo efecto más visible en España es la sequía. Aquí llueve poco y mal: el año hidrológico ha cerrado con 551 litros por metro cuadrado, lo que representa un 15% menos de la media histórica, situada en 648 litros. Los embalses, además, están al 39% de su capacidad.

Homínidos supervivientes

Bien es cierto que la humanidad ha sido capaz de superar glaciaciones y eras tórridas, cuando hace unos 70.000 años, por ejemplo, una erupción volcánica cubrió el sol y tan solo unos miles de homínidos lograron sobrevivir alimentándose de la limosna fangosa que ofrecían los pantanos. Sí, es fascinante la capacidad de regeneración que tiene la vida, pero los negacionistas del cambio climático deberían hacérselo mirar: una interesante exposición en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), que lleva por título Després de la fi del món, alerta de hasta qué punto se ha convertido en una carrera contrarreloj el desafío de haber dejado de lanzar a la atmósfera emisiones de dióxido de carbono (CO2) para la segunda mitad del siglo XXI. El lema que enmarca la instalación, una frase del académico australiano McKenzie Wark, estremece en su elocuencia: "Esta civilización se ha acabado. Y todo el mundo lo sabe". Si hay alguna revolución pendiente, vital y necesaria, pasa por frenar ya el calentamiento del planeta.

La Cumbre del Clima concluyó el viernes en Bonn con un optimismo muy relativo: el compromiso adquirido por una veintena de países de abandonar la quema de carbón para generar electricidad antes del año 2030, un pacto en el que no se encuentran ni China ni India ni Estados Unidos, los principales consumidores de ese combustible. Tampoco suscribieron el pacto la anfitriona, Alemania, ni España.

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Los expertos consideran que casi el 90% de las emisiones de CO2 generadas por la actividad humana proceden del uso del carbón y otros combustibles fósiles, de la industria y la deforestación, y a menos que se reduzca drásticamente la emisión de gases para frenar el efecto invernadero, la temperatura del planeta habrá aumentado en tres grados para el año 2100. ¿Las consecuencias inmediatas? Que el nivel del mar suba hasta los 2,5 metros, así como la multiplicación de incendios forestales, sequías y huracanes. El Acuerdo de París (2015) puso los puntos sobre las íes, pero no estableció el cómo.   

Acumular bienes

La cosa no pinta bien y, sin embargo, parece tan lejano el horizonte del siglo XXII que el combate no se toma en serio y prosiguen la lógica del crecimiento a toda costa y la estimulación del deseo por acumular bienes como si la catástrofe que se avecina no fuera con nosotros. Muchos ya no estaremos aquí en 75 años, pero no se trata de eso. Se trata de cómo vivir hasta entonces.

La huella ecológica y el calentamiento, que empezó hace 150 años con la revolución industrial, son también política e ideología, las que han impuesto el capitalismo financiero y los países ricos. En unos años —y esto sí lo veremos—, será un privilegio ver crecer un sembrado o madurar una viña. La aristocracia del futuro, asegura Foix, vivirá en el mundo rural.   

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