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La lacra del terrorismo

La fotografía de Jordi Cotrina en la que Javier Martinez, padre de Xavi, la víctima de tres años del atentado de la Rambla, abraza a Dris Salym, el imán suplente de Rubí.

JORDI COTRINA

Cuidado con las etiquetas

Dolors Bramon

Ningún atentado se libra de la sospecha inicial hacia el islam


Analicemos brevemente algunos atentados terroristas: en el verano del 2011, Anders Behring Breivik disparó durante 20 minutos a jóvenes laboristas noruegos en la isla de Utøya y mató a 69. Enseguida se dijo que tenía relación con Al Qaeda, pero se concluyó que era un empresario fundamentalista cristiano, ultraderechista, proisraelí, islamófobo y admirador del Tea Party.

En el 2014, un copiloto de Germanwings estrelló su avión en los Alpes, ocasionando 150 muertos. Se dijo que se había convertido de golpe en un islamista radical, pero resultó ser un enfermo mental.
El 14 de julio del año pasado, una multitud fue atropellada en Niza por un camión. Se tildó al autor de delincuente de poca monta, de origen tunecino y padre de familia. Para el entonces primer ministro, Manuel Valls, era «un islamista radical». Mohamed Lahouaiej Bouhel provocó 86 muertos y 302 heridos. Poco después, el pretendido Estado Islámico lo reclamaba como uno de los suyos.

En la feria navideña de Berlín del 2016, un tunecino repitió una masacre similar, con 12 muertos y 49 heridos. Se habló de un ataque del terrorismo islámico, pero se debería haber hablado de una visión tergiversada de esta religión.

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En marzo pasado, un inglés radicalizado arrolló a cinco personas en el puente londinense de Westminster, y en junio otros tres terroristas repetían la acción al apuñalar a peatones, con 11 muertos y 48 heridos.

En Barcelona, ​​el 17 de agosto una furgoneta circuló Rambla abajo y por la noche hubo un ataque en Cambrils. En total, 16 muertos y muchos heridos. Gracias a la actuación de los Mossos d’Esquadra los terroristas fueron identificados y ubicados en Ripoll.

El islam, en el punto de mira

Fijémonos en esto: ningún atentado contra Occidente se libra de una primera sospecha de venir del ámbito del islam. En los casos de Noruega y los Alpes, al verse que no se podían relacionar con él, se recurrió a algún desorden mental de sus autores. El reciente atentado de Nueva York motivó un primer tuit de Trump hablando de «una persona enferma y trastornada». La excusa psiquiátrica desapareció al saberse que el autor era un uzbeco que hacía siete años que vivía en EEUU, pero se enfatiza que Uzbekistán es una exrepública soviética donde la mayor parte de la población practica el islam.

Los atentados de Catalunya plantean nuevos interrogantes: los presuntos autores eran chicos que habían ido a la escuela con nuestros hijos, que jugaban al fútbol y que participaban de la vida colectiva de Ripoll. Una sobrecogedora carta de dos educadoras que los habían tratado ponía la piel de gallina ante lo que consideraban su fracaso. Las familias no habían notado nada, ni los compañeros, ni los maestros, ni sus vecinos. Pronto irrumpió la nefasta intervención de un imán que los habría pervertido.

Aunque haya muchos sectores de la población que relacionen islam con violencia, ambos conceptos son incompatibles. Es cierto que hay terroristas que dicen matar en nombre de Dios, y hay que reconocer que se ha matado más en nombre de Dios que de otra cosa, ¡pero hay que tener cuidado a la hora de etiquetar! 
 

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