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EL CONFLICTO CATALÁN

Puigdemont, este martes, en el Club de Prensa de Bruselas.

YVES HERMAN (REUTERS)

Encubridoras palabras

Albert Garrido

Muchas palabras usadas inadecuadamente las carga el diablo: exilio y exiliado son dos de las que más tientan a los apologetas del independentismo

En una radio pública catalana alguien dice que la mitad del Govern está en el exilio. Eso son palabras mayores. Es martes y se aguarda la intervención de Carles Puigdemont, tan escurridizo, tan huidizo si se quiere, instalado en Bruselas, vía Marsella (un rodeo innecesario). Sale el presidente destituido por la tele y nada dice de exilios, asilos políticos y otros cobijos solemnes o dramáticos; habla de imprecisas seguridades y garantías a modo de justificación (todo bastante confuso). Pero no hay exilio porque no se dan las circunstancias que lo definen, tan específicas.

No, no hay exilio; hay, eso sí, la pretensión de internacionalizar el conflicto, de poner a prueba las costuras de la UE, de comprometer a terceros o al menos intentarlo para no llegar al 21 de diciembre con el argumentario hecho añicos a fuerza de decir siempre lo mismo. Se quiere comprobar si la euroorden rige para el caso y, de ser así, se trata de medir cómo reaccionan los afectos a la causa, cómo influye en las encuestas. Hay, eso también, las amenazas del inquietante Maza, siempre con el Código Penal en la mano, las citaciones de la jueza, jueves y viernes, y la obstinación suficiente del núcleo duro del procés para no reconocer que se acabó lo que se daba.

Decía Josep Tarradellas, muy citado últimamente, que en política todo está permitido menos hacer el ridículo. Recurrir a la palabra exilio es algo más que ridículo, tan cargado el término de significados en Catalunya y en España a partir de la huida sin alternativa de los vencidos por los golpistas en 1939. Aquellos derrotados que cruzaron la frontera con lo puesto no tenían otra posibilidad de salvar la vida (bastantes) y la dignidad (todos).

Lamento y congoja por una tragedia insoportable

Hubo en aquel exilio y otros posteriores –recientes aún los latinoamericanos– el lamento y la congoja de una tragedia insoportable. No hubo micrófonos abiertos en aquellos episodios de alejamiento y desarraigo para siempre, sino silencio; no tuvieron aquellos exilios ninguno de los ingredientes grotescos o risueños propios de los sainetes, de la farsa y del teatro del absurdo, según se perciba la representación bruselense.

Recurrir a la palabra 'exilio' es algo más que ridículo, tan cargado el término de significados en Catalunya y en España

Muchas palabras usadas inadecuadamente las carga el diablo: exilio y exiliado son dos de las que más tientan a los apologetas del independentismo: remiten al pasado, a tierra quemada, a un país devastado, a una Europa a punto de arder en llamas; nada que ver con hoy. Hay otras muchas palabras que no se ajustan al léxico necesario para describir una situación desencajada, acaso quejumbrosa, fruto de un sinuoso itinerario político que empezó en el paseo de Gràcia hace cinco años y ha llegado al apeadero de Bruselas (a saber cuál será el destino siguiente). Hay, en fin, palabras o expresiones que lo mismo valen para un roto que para un descosido –sentido de la responsabilidad, una de ellas–, que igual sirven para justificar el viaje a ninguna parte más allá de la frontera que el mismo o parecido viaje a este lado de la divisoria (el de los 'consellers' destituidos que se quedaron). Expansiones verbales para encubrir la tozuda realidad.

            

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