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Órdago independentista

El final del porro secesionista

Joaquim Coll

No habrá secesión, pero los catalanes ya hemos sufrido una amarga degustación de lo que significaría

Hace ahora cuatro años publiqué el artículo 'Con el culo al aire' (4 de octubre del 2013) que me costó una desagradable campaña de acoso, básicamente en redes sociales, por decir lo que es ya una evidencia: la secesión unilateral nos conduciría a un Estado catalán fallido, sin reconocimiento internacional, y sin posibilidad de entrar a medio a plazo en ningún organismo internacional. Denunciaba también el intento de Artur Mas por silenciar a las élites industriales y financieras a las que el 'president' acusaba en algunas entrevistas de "intentar cambiar el curso de la historia".

En efecto, siempre en privado, los sectores económicos ya se mostraban entonces enormemente preocupados por "los efectos alucinógenos del gran porro secesionista que gran parte de la sociedad catalana se estaba fumando con fruición", escribí con sarcasmo en el 2013. Me disculpé en Twitter por si alguien pudo sentirse herido por lo del porro, aunque después de la que se ha oído en el debate público me parece bastante inocente.

Sin ironías

Una de las características del separatismo ha sido durante mucho tiempo su nula aceptación de la ironía. La intolerancia fue muy aguda en la primera fase del 'procés' (2012-2014), un tiempo marcado tanto por la ilusión desbordante de los secesionistas como por la espiral del silencio que cayó sobre los contrarios.

Como reprochó Josep Borrell a los empresarios en su discurso en la multitudinaria manifestación del pasado 8 de octubre: "¿No lo podíais haber dicho antes? Lo que decíais en privado, ¿por qué no lo decíais en público?". Efectivamente, puede que si algunos hubieran hablado antes nos hubiéramos ahorrado la huida de más de 700 empresas por el momento; un hecho gravísimo pues solo el valor de las 40 principales que cotizan en bolsa equivale al 40% del PIB catalán. Hará falta muchos años de estabilidad para que se planteen volver, y algunas ya no lo harán nunca, tal como sucedió en Quebec a consecuencia del referéndum secesionista de 1995.

Golpe a la reputación

Puede que las consecuencias de esta pérdida de sedes fiscales sobre las arcas autonómicas no sean muy gravosas a corto plazo, pero es un golpe demoledor para la reputación de Catalunya como territorio seguro desde donde hacer negocios para toda España y el sur de Europa (y, por cierto, demos ya por perdida la Agencia Europea del Medicamento para Barcelona). A medio plazo nos llevará también a perder oportunidades de empleo y salarios mejor retribuidos, porque huye lo esencial del sector empresarial, financiero e industrial. El resultado del viaje secesionista a ninguna parte será el empobrecimiento de la sociedad catalana.

En todo lo que ha pasado desde el 2012 hay una suma de responsabilidades personales y colectivas; demasiada gente ha callado durante demasiado tiempo o, peor aún, ha bailado al son del secesionismo. Borrell acertaba al apuntar a los líderes económicos, pero la irresponsabilidad alcanza a un amplio abanico de dirigentes sociales. El papel de los sindicatos, por ejemplo, ha sido lamentable, pues han actuado a menudo como simples comparsas de la agitación nacionalista. Y tras la huida empresarial hoy siguen sin hablar claro sobre la inviabilidad de una secesión unilateral y sus desastrosas consecuencias para los trabajadores.

Lo mismo se puede decir de los colegios profesionales, cuyas juntas directivas, orillando la pluralidad interna entre los asociados y el principio de neutralidad, se han apuntado a todos los jolgorios soberanistas. Lógicamente, lo sucedido no se explica sin el éxito de la infiltración nacionalista en el tejido social puesta en marcha hace décadas (el llamado Programa 2000 de CDC) para hacerse con el control de la sociedad, desde la educación en todos sus niveles hasta las entidades deportivas o culturales, pasando por los medios de comunicación y las agencias de noticias, las asociaciones patronales o los sindicatos. Solo así se entiende la complicidad de muchos y el silencio de otros.

Amarga degustación

No habrá secesión, pero los catalanes ya hemos sufrido una amarga degustación de lo que significaría: estampida empresarial, fuga de depósitos, riesgo de enfrentamiento civil, y sonoro rechazo europeo al nacionalpopulismo. Cuando algunos alertábamos de que la tensión soberanista perjudicaba la convivencia y podía infligirnos un grave daño social y económico, éramos acusados de infundir miedo. Cuando todo acabe, dentro de un tiempo, la sociedad catalana recordará con sonrojo estos años de subidón soberanista, y muy probablemente algunos de los que han sido blandos o equidistantes con el 'procés' querrán pasar por viejos disidentes (al igual que sucedió tras el franquismo).

Tampoco estará de más reflexionar sobre cómo pudo llegar a pasar que personas por lo demás inteligentes y reflexivas en su vida profesional y personal hayan podido aferrarse durante tanto tiempo a los mitos de una independencia indolora con una testarudez cercana a la idiotez.

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