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IDEAS

Fragmentos de Brossa

Ramón de España

Me fascinó, sobre todo, que aquel hombre vestido de jubilado dispusiera de su tiempo como un adolescente

Aprovechando que el MACBA le dedica una merecidísima exposición a Joan Brossa (1919-1998), no puedo resistirme a la tentación de recordar en público las dos veces que me crucé con él. Me hubiera gustado que fuesen más, pues era un contertulio imprevisible, pero muy entretenido. Y, probablemente, el último excéntrico digno de tal nombre que ha dado Cataluña últimamente, un hombre que se las apañó como pudo para hacer siempre lo que le dio la gana y que nunca tuvo reparos para decir lo que pensaba de casi todo.

Aunque recurrió a trabajitos de toda clase para sobrevivir, supo convertir alguno de ellos en una fuente de sustento inmediato, como cuando vendía libros a domicilio y aparecía por las casas a la hora de comer, consiguiendo que el burgués de turno le hiciera un sitio en su mesa.

La primera vez que me crucé con Brossa fue cuando los juegos olímpicos del 92. Le fui a ver a su domicilio -una cima del desorden a un paso del síndrome de Diógenes, con periódicos apilados en el suelo y muebles escasos- y me permitió publicar una entrevista que empezaba por una respuesta, cosa asaz insólita: "¿No habíamos quedado mañana?" No recuerdo de qué hablamos, pero sí que salí de allí de un humor excelente, convencido de haber compartido un rato muy estimulante con un tipo de lo más singular.

Pocos años después, Manel Guerrero me invitó a Vic para ver una exposición que él comisariaba y que me aspen si recuerdo de qué iba (me estoy haciendo mayor y, aunque recuerdo todo tipo de trivialidades, a veces me eluden cuestiones de mayor interés: lo siento, Manel). Por el camino recogimos a Brossa, que nos animó el trayecto con todo tipo de comentarios disolventes. Además de un excéntrico, Brossa también pertenecía a otro colectivo en vías de extinción que siempre me ha caído muy bien, el de los come curas.

Dado nuestro destino, Brossa lo tuvo fácil para dedicarse a un divertido anti clericalismo, y hasta llegó a convocar en su ayuda al ectoplasma de Unamuno: "Los llaman curas y son la enfermedad misma". Me fascinó, sobre todo, que aquel hombre vestido de jubilado -¿recuerdan aquella mezcla de zapato y pantufla que lucía en los pinreles?- dispusiera de su tiempo libre como un adolescente y no tuviese que dar explicaciones a nadie para echar la mañana en Vic, renegando de la clerigalla. Ya no los fabricamos así.

                

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