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"Bon diumenge a tothom"

Care Santos

"Es extraño llorar por alguien a quien no conoces", dice un mensaje que acaba de entrar en mi móvil. Me lo manda una persona querida que lamenta la muerte de Carles Capdevila. Me escribe porque sabe que le conocía, y que yo también la lamento. Antes que este, han llegado otros mensajes. El primero, antes de las siete de la mañana, traía la noticia. Lo he leído en una habitación de hotel, sobresaltada al principio por si en casa me requieren. Nada de eso. No me requiere nadie. Las palabras anuncian la desaparición de uno de los hombres a quienes más he admirado, seguido y querido en los últimos años. Un hombre a quien tuve la suerte de conocer un poco.

Hace 11 años ya que sonó un día el teléfono y era Carles. Me invitaba a embarcarme en una aventura que iba a comenzar en Catalunya Ràdio. 'Eduqueu les criatures', iba a llamarse el programa. Una escuela de padres, reivindicando la figura de los maestros, dando a los progenitores atribulados todo tipo de consejos útiles.

Capdevila insistía en firme en una de sus mayores preocupaciones como comunicador: la educación, la crianza de los hijos, la necesidad de dar importancia a un asunto tradicionalmente relegado. Asuntos que también han ocupado gran parte de su tiempo en los últimos meses. Todo ello de buen humor, como siempre lo hizo todo este hombre que se declaraba optimista. Y más aún: con un estilo tan particular, tan marca de la casa, que logró conseguir que un programa de domingo sobre un tema en apariencia minoritario fuera uno de los más escuchados de su franja horaria.

'El Eduqueu…' se emitía en falso directo, pero Carles nos pedía que guardáramos el secreto, el misterio de la radio. "Bon diumenge a tothom", decía su voz perpetuamente optimista a las nueve y pocos minutos. Después venían las secciones. Expertos que aconsejaban, colaboradores que contaban sus experiencias, libros, anécdotas. Quienes allí estuvimos -Trinitat Gilbert, Eva BachLluís Gavaldà, Mariona Costa, entre otros- guardamos recuerdos estupendos de aquellos años. Cuatro, en total.

El día de la despedida hubo lágrimas sinceras. Hace ya ocho años de aquel último programa, y aún encuentro gente por el mundo que me dice lo mucho que nos echa de menos los domingos por la mañana. No, respondo. Le echan de menos a él, porque aquel programa era Carles Capdevila en esencia. Nadie más lo habría hecho de aquella forma. Con nadie habríamos aprendido tanto. A partir de ahora esta añoranza ya no tiene cura.

La muerte siempre llega a deshoras, pero algunas deshoras lo son más que otras. Es sencillo: no quería ver morir a Carles Capdevila. De nada sirve decirlo, pero lo digo. Le necesitaba. Necesitaba su valentía, su brillantez, su modo de decir las cosas, su humildad, su profesionalidad. Necesitaba verle criar a sus hijos, acompañarle en la celebración de sus cien años, preguntarle por él a Eva -su mujer, otra a quien admirar, leer y seguir-, necesitaba, sencillamente, que Carles Capdevila estuviera en el mundo. Y hoy que no es así, que ya no lo será nunca más, el mundo me interesa un poco menos.

         

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