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Pedro Sánchez, durante un mitin celebrado el miércoles en Sabadell. 

FERRAN SENDRA

Llegó el día D

Neus Tomàs

Sánchez aparece como el aspirante más valiente pero quien se la juega es Díaz

Tal vez tengan razón quienes dentro y fuera del PSOE consideran que ninguno de los tres candidatos a ocupar la secretaría general es la persona que necesita el partido para recomponerse. Es evidente que tanto Pedro Sánchez como Susana Díaz dividen más que unen a la militancia socialista, mientras que la prudencia de Patxi López no parece suficiente para asumir el reto titánico que el PSOE tiene por delante. Pese a ello, nadie más dio el paso. 

Que no haya otros aspirantes es en sí es una mala noticia para el socialismo. Pero como es algo que ya no tiene remedio, lo único deseable es que a partir de este lunes, gane quien gane las primarias, ambos, Díaz y Sánchez, entierren el hacha. Si no quieren hacerlo por ellos deberían hacerlo por sus votantes, a no ser que quieran seguir perdiendo más electores y se resignen a estar en la oposición otra buena temporada. 

Sánchez, cuyos cambalaches postelectorales darían para una novela (mala), ha logrado presentarse ante buena parte de la militancia como el único capaz de plantar cara de verdad al PP y recuperar el orgullo perdido tras una abstención que permitió a Rajoy seguir donde está. 

La retahíla de escándalos de corrupción y el ninguneo al Parlamento que han copado después los titulares de los medios dan la razón a aquellos que creen que la abstención en la investidura del líder del PP fue un error imperdonable. Sánchez ha demostrado que es capaz de ilusionar a muchos socialistas. Cuando muchos le daban por finiquitado se ha erigido en el referente del ala más izquierdosa pese a que es el mismo que se retrató con Albert Rivera para intentar una ecuación imposible con Podemos. Aparece como el candidato más valiente porque no tiene nada que perder. Por eso en su caso sirve el principio de Mandela. No es valiente porque no tenga miedo, es porque ha conseguido conquistarlo.     

En cambio, Díaz se la juega. Si pierde, no solo sale derrotada ella sino también una manera de entender el PSOE (y por extensión, la política). Porque aunque sea un partido que a diferencia del PP sí da voz y voto a la militancia, lo hace calculando que la estructura piramidal de las federaciones funcionará y se impondrá la opinión de los dirigentes. La cuestión es que en territorios como Catalunya se ha demostrado que las bases tienen opinión propia y no siempre coincide con los deseos de sus barones.