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Al contrataque

A veces, los que no van vestidos de modo estrafalario, ni hacen fotos, ni arrastran maletas con ruedas, son observados con cierta desconfianza

Cuando era joven, el sitio más excitante al que uno podía ir eran las Ramblas. Nunca frecuenté, y sigo sin hacerlo, los locales de la parte alta de la ciudad. La noche, si se sabe utilizar, es mucho más larga que el día. Por la noche no hay prisa, no hay nada que hacer, el tiempo es nuestro. Las mejores conversaciones son las conversaciones nocturnas, en un bar, paseando por la calle, en una cama. Me sigue pareciendo una traición dormir por la noche. Los niños, que casi siempre tienen razón (al menos los niños listos, a veces olvidamos que hay tantos niños tontos como adultos tontos), nunca se quieren ir a dormir.

La noche, aparte de ser más generosa con el tiempo que el día, que es terriblemente avaro y que siempre pasa volando, también es más igualitaria, más permisiva y optimista.

Así eran las Ramblas de mi juventud, tanto de noche como de día, un lugar exótico y tal vez un poco peligroso, pero lleno de gente diferente e interesante.

TODOS VESTIDOS DE VERANO  

Ahora suelo bajar a las Ramblas los sábados por la mañana por motivos de trabajo. Siempre hay mucha gente. La mayoría arrastran pequeñas maletas con ruedas y caminan veloces como si estuviesen en una estación y fuesen a perder el tren, algunos lo hacen lentamente, como si en vez de arrastrar una maleta hubiesen salido a pasear al perro. Esto suele causar cierto desorden en la marcha y frecuentes tropezones y caídas que vigilan con aire imperial y benévolo los agentes del orden.

Todos van vestidos de verano, da igual la época que sea. Los habitantes de la ciudad intentan vestirse según las estaciones, los turistas, no. Para ellos siempre es verano (como para los jóvenes y los enamorados).

Es obvio que ninguno de ellos proviene del Caribe y, a juzgar por sus siluetas, no parecen venir tampoco de países donde se pase hambre. Pero por si acaso les coge un ataque de gula o se sienten desfallecer a causa del calor (imaginario) o del esfuerzo (real) de ir tirando de su maletita, en las Ramblas hay una heladería (inútil y absurda) cada cien metros.

A veces, los que no comen helados, ni van vestidos de modo estrafalario, ni hacen fotos, ni van bailando y vomitando por la calle, ni arrastran maletas con ruedas, son observados con cierta desconfianza e inquietud (que se convierte directamente en alarma si pasean solos y no en pareja o en grupo) y no pueden evitar sentirse un poco aguafiestas a su pesar.

Y se preguntan si, tal vez, la próxima vez que bajen a las Ramblas deberían pedirle prestada a su hijo mayor la camiseta del Barça y a su hijo menor el sombrero mexicano. O si lo mejor no sería ir en busca de aquel local, al fondo de un callejón oscuro, en el que bebían absenta y se contaban la vida

Temas: Turismo

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