Pequeño observatorio

Las otras lenguas vivas de Europa

El arraigo lingüístico es mucho más profundo, a menudo, que el social o el ideológico

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Diarios en un quiosco de la plaza de Catalunya. 

Diarios en un quiosco de la plaza de Catalunya.  / RICARD CUGAT

Hace pocos días tuve una experiencia que nunca imaginé. Tranquilizo al lector: no hablo de una experiencia dramática o espectacular. Y menos aún negativa. Al contrario. He sido invitado a compartir una cena con unas cuantas personas venidas del extranjero.

No eran unas personas cualquiera las que me invitaban. EL PERIÓDICO ya ha recogido el hecho: quien me invitaba era la asociación MIDAS, que está formada por una treintena de periódicos publicados en lenguas minoritarias europeas. Y, francamente, me impresionó que el premio Europa que me daban llevara el nombre de Otto von Habsburg.

Qué contraste tener en la misma mesa el acompañamiento cordial de los representantes de Regió 7, El 9 Nou y Segre. Quiero decir qué contraste significaba, para mí, la presencia de unos ciudadanos de otros países y otras lenguas y el parlamento en el que yo daba las gracias en catalán.

Se habla de lenguas minoritarias. Es cierto que con esta expresión nos entendemos, aunque, de una manera objetiva, el italiano sea una lengua minoritaria en relación con el inglés, y el griego en comparación con el ruso.

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Ahora lamento no haber preguntado, durante la cena, qué lenguas eran las nativas de los asistentes, quizá no oficializadas, pero usadas a lo largo de la historia y perfectamente vivas todavía en diversos ámbitos de la Europa central y del norte. Lenguas de comunicación social y también de cultura. Y también vehículo del periodismo. He pensado que el arraigo lingüístico es mucho más profundo, a menudo, que el arraigo social o ideológico.

Me han ofrecido la cena muy cerca del agua del puerto de Barcelona. Un puerto es un refugio para navegantes. Las lenguas también lo son, un refugio, para resistir los embates de las mareas unificadoras de nuestro tiempo. Al finalizar el acto me tocó agradecer el gesto que me llegaba de Europa: tante  grazie, gracias, danke schön... Y, naturalmente, moltes gràcies.