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Luis Enrique entra en la sala de prensa de Sant Joan Despí.

EFE / TONI ALBIR

Luis Enrique quiere ser Warren Beatty

Eloy Carrasco

Al entrenador del Barça le da igual ser pedagógico o amable. Le basta con ganarse a la plantilla

Si lo que vivimos es lo pletórico, mejor no pensar en el día que venga de sacarse una muela. Luis Enrique vuelve a hacer gala de un sentido del humor (digamos) que nunca le dará para presentar la noche de los Oscar, pero que a él le vale para mostrarse desenvuelto y superior ante los periodistas, seres desagradables como una visita al dentista. El entrenador cava una zanja cada vez más ancha entre él y los medios, a los que considera ignorantes y desprecia.

Lo importante es tener ganado al vestuario, y de eso no parece haber muchas dudas. "A muerte con él", dijo Piqué. "Al mil por mil", remachó Iniesta. Y eso son solo las adhesiones de palabra, porque las de obra (los gestos, la actitud, el arrojo) fueron mucho más elocuentes en el Calderón. Un entrenador que ve cómo compiten sus jugadores hasta la agonía en un partido clave puede sentirse seguro.

RANIERI Y BERIZZO

Luis Enrique aprendió pronto (el 4 de enero del 2015 en Anoeta, concretamente) que los entrenadores subsisten mientras los jugadores quieran. Lo ha sabido, de forma drástica, su colega Claudio Ranieri, devorado por el mercado de comida rápida que puede ser el fútbol. Y no es tan metafórico: parece ser que una de las cosas que habían contrariado a los jugadores del Leicester esta temporada es que el técnico decidió suprimir de los menús de la cantina del club unas hamburguesas de pollo que por lo visto tenían mucho éxito. El hombre que los puso en el mapa, los sacó de pobres y los arrastró a la utopía no consiguió este año conducirlos por una vida normal. Y encima les prohibió el 'fast food'; el mismo entrenador que, cuando ese vestuario soñaba despierto, permitía que todos comiesen pizza los días de victoria.

Ranieri chocó con un vestuario ingrato: una de las cosas que no le pasaron es que prohibiera las hamburguesas de pollo

Los entrenadores solo tienen la posibilidad de ganar el pulso si el duelo es igualado. Contra todo un plantel, ya pueden despedirse, como Ranieri en el Leicester, Marcelino en el Villarreal o Benítez en el Madrid. Si el obstáculo es uno solo, el típico electrón libre y díscolo, tal vez el mister de turno salga airoso. Le ocurrió a Berizzo en el Celta. Discutió con Orellana, subió mucho el tono y el futbolista escupió al técnico. Buen jugador, pero Berizzo entendió que un lapo en la cara era demasiado.

En el Barça los salivazos van en otra dirección. El entrenador se siente fuerte, a pesar de tener la Champions casi perdida y la Liga muy incierta, y no se molesta en predicar pedagogía si alguien pregunta por tal o cual sistema o esta o aquella estadística. En el fondo lo que desearía es marcarse un Warren Beatty: no decir nada y pasarle la patata caliente a otro.

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