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IDEAS

Carlos Zanón y Miqui Otero, en un pub de Zaragoza.

Carlos Zanón fue Pepe Carvalho

Miqui Otero

Ahí están estos dos tipos, atrapados en una fotografía: recortados sobre un póster con palmeras nimbadas por una luz color fresa ácida y mandarina, ambos exhiben su sonrisa atocinada y su muñeca derecha vendada. 

Podrían pertenecer a alguna logia ocultista tropical, ser dos tenistas jubilados, dos suicidas torpes o incluso dos tontos muy tontos. En realidad, Carlos Zanón y yo estamos en un pub de Zaragoza y los vasos encima de la barra sobre la que nos recostamos no son de Vichy Catalán. Horas antes de hacernos esta instantánea parloteábamos en un seminario universitario sobre Francisco Casavella y, aunque ahora sonreímos, ayer no lo veíamos tan claro. Quizá las quemaduras que lucimos en muñecas, nudillos y antebrazos son estigmas: el autor de 'El Día del Watusi' se habría manifestado marcándonos a fuego desde el más allá para que dejemos de ponernos estupendos hablando en su nombre. Como Valle-Inclán, nosotros preferimos la leyenda a la historia, porque la realidad siempre es más bochornosa: Zanón se abrasó la semana anterior mientras intentaba colar unos spaghetti. Lo mío es más triste: por una vez había intentado hacerme judías (en una olla exprés, sin válvula). Kiko Amat, también invitado, causó baja: no queremos especular con su drama en la cocina.

Esta coincidencia sucedió hace tiempo y no la evoco porque se celebre BCNegra estos días, sino porque la anécdota ilustra que no es fácil resucitar a los ausentes. Sobre todo en el caso de Zanón, que ha aceptado el caso de darle una nueva vida al detective Carvalho. Que alguien que sale escaldado de la quimérica empresa de hacer unos spaghetti con Solís deba escribir nuevas entregas del "expolicía, excomunista y gourmet" de Vázquez Montalbán puede parecer la peor de las ideas, pero es la mejor de las noticias: fue abogado de malos ineptos, sandinista por la vía The Clash y tiene hambre. Hambre de todo.

Los personajes no son tanto de quien los crea sino de quien se los cree. De quien los lee bien

Carvalho ponía en su coche a los Bee Gees porque le parecían "la manifestación máxima de la impotencia para la alegría", mientras que Zanón aprendió a escribir inventando tramas para las canciones que Johnny Thunders cantaba en un inglés que el chaval de Horta no entendía. Uno decía que la burguesía come "espinacas rehogadas y pescadilla que se muerde la cola" y la abuela del otro gastaba sus domingos friendo huevos que guardaba en la nevera para servirlos durante la semana. Zanón, en definitiva, no se parece al sibarita gastronómico pero fue Carvalho cuando devoró los libros de Montalbán en un camerino de la Sala Màgic. Y los personajes no son tanto de quien los crea, sino de quien se los cree. De quien los lee bien. De quien los imagina mejor, sin aspavientos nostálgicos ni vocación imitadora. Y no hay otro candidato con la electricidad, el humor y la intuición narrativa de Zanón. Porque hay quien ha nacido, como el náufrago de 'Tatuaje', para "revolucionar el infierno", aunque se queme con las recetas vulgares. Porque si, como en el famoso diálogo entre dos listillos, yo le preguntara qué se llevaría si ardiera su casa, él me contestaría: el fuego. Porque sabe preguntar: ¿Cuándo fue la última vez que te emocionaste? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste generoso?

Porque, como dijo Raymond Chandler de su detective: "Si hubiera bastantes hombres como él, el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él". Porque "decir lo contrario es ser un esnob intelectual y un principiante en el arte de vivir". O no haber conocido a Zanón. Es decir: no haberlo leído.

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