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Polémica tras la entrevista al 'president'

Cuando el peligro está en la respuesta

Toni Aira

El político puede caer en la tentación de responder en el plató de TV como si estuviera en el Parlamento

Pregunta de Donald Trump en el baile de inauguración como presidente, donde sorprendió abriendo con el 'My way' de Sinatra: «¿Queréis que deje de escribir en Twitter?». Respuesta del público entregado: «¡No!». Y entonces el presidente tranquilizó al respetable explicando que para él esta red social digital es una gran manera de saltarse el filtro de los «molestos» medios de comunicación y así hacer llegar directamente su mensaje a los ciudadanos.

Unas cuantas décadas antes, cuando internet ni se intuía en el horizonte, otro presidente norteamericano, Richard Nixon, también en pie de guerra permanente con unos periodistas que consideraba hostiles, dio formato televisivo a los 'Town Hall Meetings', espacios donde tradicionalmente los ciudadanos interactúan en EEUU con sus representantes locales.

Los asesores de Nixon dieron forma televisiva a aquella tradición para recrear en momentos determinados un contacto directo del presidente con los ciudadanos, eso sí, con el periodista sin poder hacer preguntas con peligro, ahí básicamente de repartidor de palabras y poco más. En ello se han inspirado formatos como 'Tengo una pregunta para usted, señor presidente' de TVE o el 'Jo pregunto', de TV-3 que el domingo pasado causó furor en las redes, con Carles Puigdemont de protagonista.


    La gracia de programas como el Jo pregunto de TV-3, para el político, es precisamente que no pregunten profesionales de la comunicación y del periodismo, sino ciudadanos anónimos que no dominan ni la dialéctica, ni el medio, ni el conjunto de su acción política. Ahí se pueden sentir más confortables y a la vez tienen la excusa perfecta para proyectar que hablan de «las cosas que interesan a la gente». El ciudadano, a cambio, vive su minuto de gloria en plató y muchos en casa pueden pensar que ellos también, de rebote, si se sienten identificados con la causa o la problemática del individuo que ahí interpela al líder. Para la televisión, además, es un formato no habitual que aporta novedad.

¿Dónde está el mayor riesgo al cual se expone el político en espacios como este? Principalmente dos. Uno, no mostrarse suficientemente empático y próximo con unos interrogadores que no son el clásico periodista que ejerce su función de control al poder, sino personas que son historias con patas y en muchos casos con problemáticas que afectan a muchos (también telespectadores) que se pueden sentir identificados. De hecho, son esas historias personales, ese factor humano y no profesional, lo que hace este tipo de intercambios imprevisibles, ya que el político no puede aventurar previamente la reacción de su interlocutor, que no es un un profesional o habitual de estos espacios, y que por tanto no necesariamente tiene porqué ajustarse a las reglas (escritas y no escritas) que acostumbran a conducir la relación ante las cámaras entre políticos y periodistas. 
    El político debe buscar una conexión emocional con el ciudadano que pregunta, y a través de él tiene opciones de hacerlo con la audiencia. Un ponerse en el lugar del otro, además de rendir cuentas y de recitar cifras. No conseguirlo es un riesgo al que se expone, igual como lo es bajar a una arena donde la anécdota se puede convertir en categoría, y a través de ella (de una sola, por absurda que sea) tirar por los suelos muchas horas de dedicación a la preparación de este intercambio múltiple.

Le pasó en el Tengo una pregunta para usted... a Zapatero con el café que no supo decir cuánto valía en la calle, o con el «yo me llamo Josep-Lluís, aquí y en la China Popular» de Carod Rovira. El riesgo de caer en la anécdota, en el chascarrillo y de hacer con ello espectáculo está ahí, pero igual que en la mayor parte de programas de la parrilla televisiva (informativos incluidos), aunque en esta ocasión será con casos reales ahí presentes, y no con interpretaciones sobre ellos.
    Los americanos lo han aplicado ya hace años a uno de los imprescindibles formatos de debate presidencial. Los franceses se avanzaron a la experiencia española unas semanas, con la versión J’ai une question à vous poser, con el presidente Nicolas Sarkozy de protagonista. Ahora Puigdemont se ha atrevido (veremos si con continuidad, de él o de otros) con un formato donde el peligro siempre está más en la respuesta que en la pregunta, ya que los ciudadanos las quieren concretas y para su caso particular, mientras que el político puede caer fácilmente en la tentación de responder como en un parlamento o en programa informativo al uso, y ahí patinar.  

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