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Al contrataque

El presidente de la gestora del PSOE, Javier Fernández (izq.) y el portavoz en el Congreso, Antonio Hernando.

EFE / PACO CAMPOS

Izquierda sin brújula

Antonio Franco

Los progresistas lamentan que la socialdemocracia más que respetar la libertad de mercado la haya sacralizado, renunciando a corregir sus excesos

Tras la renuncia de Hollande en Francia y la derrota de Renzi en Italia la socialdemocracia queda peor que nunca. Desarbolada en Reino Unido, supeditada a Merkel en Alemania, desorientada en España, desacreditada en Grecia... Es un desastre demasiado generalizado para ser casual. Los electores de izquierdas están cansados de su tibieza ante el austericidio y el crecimiento incontenible de la desigualdad allí donde ha gobernado; de su bajada de cabeza ante el mundo financiero; de su incapacidad para resolver los problemas de la ola inmigratoria... Cansa su palabrería cuando con las riendas ni han hecho las transformaciones prometidas ni han dado explicaciones convincentes.

Los progresistas han aprendido que el social-liberalismo es más otro liberalismo que otro socialismo. Lamentan que la socialdemocracia más que respetar la libertad de mercado la haya sacralizado, renunciando a corregir sus excesos. ¿No era esa corrección lo esencial de la socialdemocracia? Creer que el mercado es su aliado para nivelar la desigualdad es una solemne tontería, y considerar que la flexibilidad laboral infinita traerá pleno empleo, otra.

EL EJEMPLO DEL TITUBEANTE PSOE

Desbordados por su soledad, los socialdemócratas creen que por llamar «radicales» o «populistas» a los movimientos -como Podemos o En Comú- hacia los que se les van sus viejos seguidores los progresistas se taparán la nariz en las urnas y seguirán soportándoles. Pero aunque sea verdad que estas formaciones aún deben madurar y centrarse (en el buen sentido de la palabra, no en el de correrse al centro como han hecho los ahora desprestigiados), sus banderas -más que algunos de sus líderes-- son más frescas cara a cambios reales. Y que de ellas puede esperarse el relevo del gastado Estado-providencia por un nuevo Estado-justicia.

El titubeante PSOE ejemplifica esta situación. Cuesta diferenciar por lo que dicen a su portavoz en el Congreso, Antonio Hernando, capaz de defender lo que hace muy poco denostaba, de Rafael Hernando, el del PP. El argumento de la obediencia a los nuevos jefes sería más aceptable en el ejército o en el PP que en una izquierda racionalista. Pero es que los mensajes de los dos Hernando van muy acompasados, quizá por responder a los designios de almas paralelas, Rajoy y Javier Fernández, presidente de la gestora, especialistas en ganar/perder tiempo. El primero esperó casi un año para poder formar gobierno y luego necesitó una semana más. El segundo, en una función provisional, se toma tiempo para dejar atado al PSOE antes de que el partido elija líder, cuando debería dejar para el electo fijar el rumbo y definir el tipo de oposición y partido.

Lo de Fernández no es una anécdota y desconcierta a su electorado. Es de lo que provoca que haya progresistas abstencionistas al pensar que, malo por malo, si van a sentirse machacados mejor que sea por Rajoy, al que por lo menos pueden considerar un enemigo.