La muerte de Fidel Castro

Uno, dos, tres, muchos Fidel

Desde su irrupción en la vida política cubana, Castro estuvo obsesionado por la historia

5
Se lee en minutos
Castro en 1985 fumando un puro, una imagen icónica del líder

Castro en 1985 fumando un puro, una imagen icónica del líder / AP / CHARLES TASNADI

Algún día tenía que suceder. Es posible que los cubanos estuvieran desde hace tiempo preparados para el acontecimiento de la muerte de Fidel Castro. El “Comandante” estaba retirado de los asuntos públicos desde el 2006, y cada "aparición" fugaz, cada carta publicada en el diario Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, dio, desde entonces, la sensación de ser "la última". Esa lógica del inminente desenlace se prolongó por casi 10 años: ahora se ha cumplido y es el tiempo del rito funerario.

Pocos hombres a lo largo del siglo XX tuvieron tanta conciencia sobre su papel histórico como Fidel, el hombre nacido en Birán, provincia de Holguín, en un feudo familiar, adquirido por su padre gallego, que de alguna manera prefiguró su relación con el mundo: la enorme finca tenía una posta de correo y una escuela, casi un Estado familiar.

"La historia me absolverá", "La historia me absolverá", alegó en autodefensa. La frase devino aforismo nacional después del triunfo revolucionario

RESISTIR AL GOLPE DE ESTADO

La primera vez que Fidel apeló al pronunciamiento de la posteridad tuvo lugar durante el juicio contra los atacantes del Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, en Santiago de Cuba, el oriente de la isla. A los 26 años, y todavía lampiño, el abogado Castro, conocido como un personaje excéntrico del Partido Ortodoxo, buscó resistir el golpe de Estado que había dado el sargento Fulgencio Batista. El ataque fue un desastre. “La historia me absolverá”, alegó durante su autodefensa. La frase devino aforismo nacional después del triunfo revolucionario, en 1959.

La obsesión en vida de Fidel con la valoración que tendrían de él y los suyos las posteriores generaciones se puso en escena muy pronto. "Y no nos apresuremos en juzgar la obra nuestra, que ya tendremos jueces de sobra. Y a lo que hay que temerle no es a ese supuesto juez autoritario, verdugo de la cultura, imaginario, que hemos elaborado aquí. Teman a otros jueces mucho más temibles: ¡Teman a los jueces de la posteridad, teman a las generaciones futuras que serán, al fin y al cabo, las encargadas de decir la última palabra!”, dijo el 30 de junio de 1961, al cerrar un encuentro con los principales intelectuales de la isla.

La reunión con escritores, cineastas y compositores se desató tras la censura de “P.M”, la película de Saba Cabrera, el hermano de Guillermo Cabrera Infante, apenas pocos meses después de que declarara el "carácter socialista de la revolución" y se iniciara una breve pero determinante caza de brujas.

"TAN VERDE COMO LAS PALMERAS"

En 1967, Ernesto Che Guevara, en su mensaje a la Tricontinetal, llamó a “crear uno, dos, tres Vietnam” para asestarle a los Estados Unidos golpes letales. Lo que en rigor hubo fueron uno, dos, tres y muchos Fidel a lo largo de más de medio siglo de ejercicio político y simbólico tutelar, sobreviviendo a innumerables intentos de asesinato y profecías: el que, apenas huido Batista, y ante las primeras sospechas de un giro pronunciado hacia la izquierda, profetizó que la revolución sería “tan verde como las palmeras”, alfabetizador y censor, aquel que, en 1968 quiso ser más original que los chinos, soviéticos, yugoslavos y rumanos y llamó a construir el socialismo y su etapa superior, el comunismo, al mismo tiempo (se nacionalizaron hasta los puestos de café en la calle, las peluquerías y los negocios de los fontaneros).

Hubo un Fidel utópico, marxista, y otro pragmático, jesuita y martiano, uno que abrazó al vetusto Leonid Breznev y un impulsor de las guerrillas en América Latina, en respuesta al bloqueo de EEUU, y para disgusto de Moscú; un orador melodramático y de discursos eternos de los que brotarían consignas estatales y agravios como los de la Crisis del Mariel, en 1980. Se lo vio lavarse las manos durante la Primavera de Praga y jugar un papel determinante para la derrota del apartheid en Sudáfrica. El 26 de julio de 1988 auguró la disolución de la Unión Soviética, a la que antes creía eterna.

Se puede ir hacia atrás y ver a un Castro que, en los hechos, inhuma el legado guevarista durante la etapa de mayor colaboración con Moscú y otro que lo exhuma para oponerse a la posibilidad del surgimiento de una burguesía agraria, en 1986. Finalmente, hubo un Fidel que llamó a resistir la implosión de la URSS y, a regañadientes, tuvo que aceptar la inevitable como lenta transición hacia un sistema económico mixto.  

"LA RUIN RUINA"

En un viejo capítulo de Los Simpsons en el que Homer, el Señor Burns y Flanders viajan a Cuba con un billete de un trillón de dólares, le escuchamos decir a Fidel, antes de expropiarlo: “Camarada nuestra nación está en la ruin ruina, no tenemos más opción que abandonar el comunismo (expresiones de lamento). Lo sé, lo sé. Pero sabíamos desde el principio que esto no funcionaria”.

El Fidel real, ya fuera del poder,  lejos de sus certezas y jactancias, no tardó en coincidir con su caricatura

El Gobierno cubano se enojó mucho con el autor de la tira animada, Matt Groening. Pero el Fidel real, ya fuera del poder, lejos de sus antiguas certezas y jactancias,  no tardó en coincidir con su caricatura, durante su único discurso público del 2010, en la Universidad de La Habana: "Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o alguien sabía cómo se construye”.

Como en “El otro”, el memorable cuento de Jorge Luis Borges, una distancia que no es solo del orden temporal separaba ya entonces al Comandante que, en 1961, se consideraba "un revolucionario perfecto", y el octogenario de la autocrítica generalizada. El error en la edificación del sistema socialista lo habían cometido "todos".

Noticias relacionadas

En la temporada 28 que concluye este año, Los Simpson han vuelto a la isla: Fidel ya no está, solo quedan los viejos autos norteamericanos de los años 50 como reliquias ambulantes y punto de encuentro con Washington después de décadas de enfrentamiento.

Toda una señal anticipatoria. Se lo invocaba al grito de “Comandante en Jefe: ordene, donde sea, lo que sea, para lo que sea”. El eco de esa disposición nacional se propaga sobre el silencio de estas horas en la que ya se habla de él, con mayúsculas, en pasado, de la historia, su historia, la historia de América Latina.