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Noche del martes 8 al miércoles 9. Estoy en medio de un descampado, en la meseta castellana, a bordo de una galera de 15 metros de eslora. Las olas alcanzan la quilla. Cae sobre nosotros todo el fuego enemigo. En lo negro de la noche parecen fuegos de artificio, pero no; son las saetas incendiarias de los ballesteros contrarios. Silbidos en el aire. Una saeta prendida alcanza la única vela que hace avanzar la nave. Brotan las llamas. A escasos centímetros de mí, un arquero recibe una herida mortal y cae al mar desde el palo mayor. Cuando, cerca ya la nave del Rey, los soldados se aprestan a abordarnos, una voz grita "¡Corten!" y damos por terminada la jornada de rodaje. 

Al conocer el triunfo de Trump mi primera reacción es pedirle al taxista que me devuelva a la ficción

Son las seis de la mañana. En el viaje de vuelta a la realidad, camino del hotel, con las claras del día, me entero por la radio del triunfo de Donald Trump. Mi primera reacción -puro instinto de supervivencia-, es pedirle al conductor que dé media vuelta y me devuelva a la ficción, a ese mundo en el que los malos lo son solo por horas y contrato, y la indignidad desaparece al quitarse el maquillaje. Ya en el hotel, enciendo la televisión. No sé si mi asombro supera al disgusto o la incredulidad al cabreo. De pronto, caigo en la cuenta de una palabra que se repite hasta el infinito: incertidumbre. Y me digo que esa es la palabra maldita. 

El virus -la epidemia- se llama incertidumbre. Vivimos enfermos de incertidumbre. Donald Trump, incertidumbre. El 'brexit', incertidumbre. La paz en Colombia, incertidumbre. El nuevo Gobierno, incertidumbre. La duración del empleo, incertidumbre. El tiempo de mañana, incertidumbre. Y hasta la alineación de Messi, una nueva incertidumbre. Y la incertidumbre es angustia, desazón, alarma, un ¡ay! endémico en el corazón, estar a la que salta, cubrirse la cabeza con la colcha al acostarse y no querer que amanezca, reír por no llorar.

Tengo que pedirles diculpas: estoy triste, lo confieso. Ha llegado Donald Trump y se ha ido Leonard Cohen. Esa es, a día de hoy, mi única certeza.

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