07 jun 2020

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El segundo sexo

Concentración de madres y sus bebés lactantes en el parque de la Ciutadella.

MAITE CRUZ

Con la lactancia hemos topado

Emma Riverola

Tras décadas de lucha por la igualdad laboral, un nuevo yugo frena las aspiraciones de las mujeres

Aún no ha nacido. Aún lo sientes en tu vientre. Has visto su rostro en la ecografía, has oído su latido. El moisés, la bañera, la canastilla... Quizá eres de las temerosas que solo has comprado lo imprescindible. Quizá ya has decorado una habitación con todos los detalles. Se acumulan los mil y un consejos, no siempre bienvenidos. Y, por supuesto, los temores. ¿Irá todo bien? ¿Será parto natural o por cesárea? ¿Podré dar el pecho? Y, oh duda entre las dudas, ¿cuántos meses alimentaré a mi bebé con mi leche?

¡Cuidado, con la lactancia hemos topado! Un auténtico bombardeo de mensajes anima a prolongarla. A prolongarla mucho. Incluso muchísimo. Dos años. Cuatro. Seis… Hasta que el niño se canse. Hasta que la madre abandone. Las excelencias de la lactancia parecen acumularse. Además de los indiscutibles beneficios nutritivos e inmunológicos, se apunta una menor incidencia en ciertos tipos de cáncer, un mayor desarrollo intelectual e, incluso, un mayor nivel de estudios ¡y de ingresos! Un chollo, vaya. Para la madre también se antoja una suerte de maná de propiedades casi milagrosas.

A los beneficios físicos de la llamada lactancia prolongada se le suma una interminable lista de ventajas emocionales. Niños con un mejor desarrollo psicosocial, menor incidencia de maltrato infantil… Ante tal alud de provechos, ¿alguien se atreve a cuestionarla, a poner en la balanza sus pros y sus contras, a preguntarse si, realmente, son tantas y tan definitivas sus excelencias? 

Amamantar a un hijo prolongadamente es incompatible con una vida profesional plena, y menos si se aspira a ocupar ciertos cargos

Pues sí. A contracorriente, sorteando las críticas y zafándose de una creciente presión social, algunas voces han abierto el debate. Joan B. Wolf, profesora de estudios de género en la Universidad de Texas, en su libro 'Is breast best'? (¿Es el pecho lo mejor?), asegura haber analizado cientos de estudios sobre los beneficios de la leche materna en el mundo desarrollado y haber encontrado importantes defectos metodológicos en ellos. Investigaciones que no tienen en cuenta la multiplicidad de factores que puede beneficiar la salud (higiene, acceso a la sanidad, mayor control familiar…) y que tienden a poner el foco en la lactancia y no en ese conjunto de condiciones. 

BENEFICIOS DILUIDOS

Probablemente, la clave de las reflexiones de Wolf sea la referencia al mundo desarrollado. En países que no disponen de la sanidad y la calidad de vida del primer mundo, la lactancia no solo es beneficiosa, puede ser una cuestión de vida o muerte. A menudo, se utilizan las resoluciones de esos estudios para aplicarlos a nuestra sociedad. Pero aquí, los beneficios pueden quedar más diluidos. 

En esta dirección, el diario británico 'The Guardian' recoge las opiniones de Tom Jaksic, un experto en nutrición neonatal de Harvard Medical School, en las que expresa que la mayoría de los estudios están "basados en la población" y no separan el efecto de la lactancia materna del ambiente en el que se crían los niños. También Nancy F. Butte, profesora de pediatría en el Baylor College of Medicine de Houston, especialista en obesidad infantil, reconoce que es "difícil distinguir entre un bebé alimentado con biberón bien cuidado y uno que ha sido amamantado". 

Es evidente que cualquier madre quiere lo mejor para su hijo. Es indiscutible que la leche materna durante los primeros meses provee de propiedades nutricionales e inmunológicas importantes. El problema, como señala Wolf, es cuando la lactancia se transforma en una suerte de ideología que ella denomina "maternidad total" y que estipula "que una madre puede y debe eliminar cualquier riesgo para sus hijos, sin importar qué tan pequeño sea o el coste que tenga para el propio bienestar".

INCOMPATIBILIDAD LABORAL

En su libro 'Lactivism', la profesora de Ciencias Políticas Courtney Jung apunta que la lactancia se ha convertido en un campo de batalla con implicaciones médicas, políticas, religiosas, feministas y sociales. Un indicador "de lo que somos y de lo que creemos". Para algunos, un compromiso con la crianza del apego. Otros, un compromiso medioambiental. Para la derecha cristiana, un signo que refuerza el matrimonio heterosexual, con roles muy diferenciados entre padre y madre. Para ciertas voces feministas, un emblema de poder de la mujer… 

Entre todas las corrientes que animan a prolongar durante años la lactancia hay una suerte de mística que llama a las mujeres a conectar con la naturaleza y a sacralizar su cuerpo y su papel de madre. Sin duda, un credo para aquellas que viven la maternidad como el principal eje de sus vidas. Y un negocio para los que han sabido venderse como asesores en el tema, como las polémicas 'doulas'. Pero, ¿es compatible la lactancia prolongada con una vida profesional plena? Es evidente que, en la mayoría de  empleos, no. Mucho menos si se aspira a cargos que requieran horario amplio o desplazamientos. No deja de ser paradójico que, tras décadas de lucha por la igualdad laboral, la lactancia extendida pueda convertirse en un nuevo y voluntario yugo ideológico que frene las aspiraciones de las mujeres.