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IDEAS

¿Quiere ver su saldo en pantalla?

Miqui Otero

Solo concibo unos segundos de espera tan eternos y pesadillescos como los que preceden a un diagnóstico médico o los que dura un terremoto modesto. Se para el reloj, enmudecen hasta los tertulianos televisivos y un calambre remonta la espina dorsal: has aceptado ver el saldo de tu tarjeta en la pantalla del cajero.

Y, sin embargo, hay quien no solo vive sin dinero, sino que hace de ello vocación. El activista irlandés Mark Boyle pasó un año sin blanca en una caravana para denunciar las perversiones de la vida capitalista. Empleó ortigas para hacer té, neumáticos para las chanclas, saponaria para el jabón natural e intestino de tejón para los condones (no los estrenó). Todo eso relata, sin caer en el catequismo, en 'Vivir sin dinero', que edita Capitán Swing. El mismo sello lanzó recientemente 'Roba este libro', donde el gurú jipi Abbie Hoffman brindó una guía para vivir gratis en la ciudad: del truco de la mosca de plástico arrojada en la sopa del restaurante de lujo para no pagar al de dar una dirección falsa al pizzero para, con este bizqueando ante el interfono erróneo, robar el resto del pedido del maletero de su moto.

Mark Boyle empleó ortigas para hacer el té, neumáticos para las chanclas e intestino de tejón para los condones

Y George Orwell, que se enfrentó a la pobreza con ánimo de turista en 'Sin blanca en París y Londres', llegó a escribir sobre ella: "Es una sensación de alivio, casi placentera". Pero todo esto solo tiene sentido si se trata de una elección personal o ideológica. Y no de una brutal penitencia sistémica o de una maniobra tramposa: leía esta semana que una pareja ha abierto un 'crowdfunding' para pedir 100.000 euros con los que comprar un terreno en Costa Rica donde vivir al margen del sistema.

A los 24, cuando era un becario alimentado con fideos chinos en un piso compartido, solía cartearme con un amigo de A Coruña. Harto de mis barrocas epístolas de quejica melodramático, espoleadas por la lectura de Hamsun y Fante, su siguiente carta la envió casi vacía. Solo había metido el tíquet de su compra semanal en el supermercado, un haiku tragicómico: chopped, arroz, cuchillas de afeitar. Al menos dibujó un emoticono sonriente al lado del precio de las cuchillas. 

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