Justicia y sociedad

Los jueces son de este mundo

Decimos que el magistrado ha de ser imparcial y entendemos que está por encima del bien y del mal

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MARÍA TITOS

MARÍA TITOS

Este diario daba hace poco la noticia de un juez británico que pagó la multa de una joven condenada por apuñalar a su violador. El mismo juez que la condenó, teniendo en cuenta todas las circunstancias atenuantes del caso, entendió que debía salvarla de la prisión pagando de su bolsillo la sanción impuesta. El caso, tratado informativamente como una compasiva anécdota, es, sin embargo, bastante más pues se suma a otros que replantean el papel casi divinal del juez en una sociedad humana.

En el Talmud, libro de referencia de la sabiduría judía también en temas de justicia, se estudia el caso de un juez que castiga a un joven acusado de homicidio involuntario con la deportación a un lugar apartado. Lo curioso del caso es que obliga a su maestro a acompañarle y esto no porque estuviera implicado en el caso, que no lo estaba, sino  porque algo había fallado en su enseñanza cuando no consiguió impedir la conducta delictiva del alumno. En otro momento también trae a colación el caso de un ladrón  al que el juez condena a una justa reparación. Como carece de medios, el mismo juez responde por él para evitar una prisión de la que saldría peor que cuando entró.

JUECES COMPASIVOS

Todos estos casos podrían ser vistos como ejemplos de jueces compasivos. Justos, sí, al dictar sentencia, pero compasivos a la hora de hacerla cumplir. La compasión en cuestión hablaría mucho y bien del modo del ser del juez, aunque nada diría de la naturaleza de la justicia que se substanciaría en el rigor de la sentencia. Pero ¿y si se quiere decir algo más y algo nuevo sobre la naturaleza de la justicia? ¿y si la compasión del juez formara parte de una buena justicia? Hay que reconocer que el juez en nuestro derecho es como dios. Decimos que tiene que ser imparcial y lo que  estamos dando a entender es que está por encima del mal y del bien, por encima de las miserias de las partes. De él esperamos una sentencia. Hacer justicia es tomar una decisión. El juez es como un árbitro de fútbol: si no pita algo cuando se embarulla el juego, no hay partido. Lo demás, esto es, cómo interprete la ley, es secundario.

Porque le otorgamos el poder de decidir  –y de esta manera concluir un conflicto– es por lo que le comparamos con dios. Es como si dispusieran de un poder divino, inapelable. Por algo dice el jurista Carl Schmitt –tan repudiable por su ideología nazi como consultado por sus conocimientos– que la justicia legal es la última estación del proceso moderno de secularización, es decir, es el lugar en el que todavía podemos leer lo que la modernidad tiene de secularización de la religión. Y es que, dice él, casi todos los grandes conceptos jurídicos vienen de la teología. Pues bien, lo que el juez británico pone sobre el tapete es la naturaleza humana del juez que juzga. Sería un gesto extremo para dar a entender la responsabilidad del juez respecto al delito del reo. Entre el juez y el reo no hay una distancia absoluta porque uno y otro forman parte de la misma sociedad. Hay una extraña solidaridad en el mal a la que ningún juez es ajeno.

BAJAR DEL PEDESTAL

La conducta de los jueces está pidiendo a gritos que les bajemos del pedestal en el que les colocan los códigos o la llamada ciencia jurídica. Claro que están hechos de la misma pasta que el resto de los humanos y por lo que estamos viendo en España, con los trajines de Manos Limpias por ejemplo, bien podemos decir que no nos representan mal. Esto es bien sabido. Lo que no parece ya convincente es privatizar sus miserias como si el profesional que juzga no tuviera nada que ver con el ciudadano que es.

Los jueces tienen efectivamente el encargo de administrar la justicia pero a la hora de hacerlo pueden o bien colocarse del lado de la ley en el sentido de pensar que encarnan su bondad  o  bien empatizar con la debilidad del reo tratando de comprenderle y asumiendo la parte alícuota de responsabilidad propia en el delito ajeno.

LA ILEGALIDAD FRANQUISTA

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El fiscal Jiménez Villarejo y el magistrado Antonio Doñate, autores del libro 'Jueces pero parciales', recuerdan que la judicatura fue el único cuerpo que el franquismo no necesitó depurar. Cumplieron a regañadientes con la legalidad republicana y se sintieron a gusto en la ilegalidad franquista. Y sabido es que la mayoría de los jueces alemanes que tan bien sirvieron a las leyes nazis siguieron siendo los administradores de la justicia en la nueva República Federal de Alemania. Unos y otros lo pudieron hacer porque su papel era el mismo tanto en democracia como en dictadura: hacer de dios, esto es, decidir desde la distancia insuperable que establece la ley entre el reo y quien dicta sentencia.

El  juez británico humaniza la justicia al recordar a los jueces que son de este mundo y haciendo suyo el consejo de Don Quijote a Sancho: «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia». 

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