10 abr 2020

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Análisis

Visita de técnicos de la Agencia de la Energía Atómica a Fukushima, el pasado febrero.

AFP

Un futuro sombrío

Jaume Giné Daví

Los dirigentes japoneses son eficaces trabajando en equipo, pero, desde la percepción occidental, pueden pecar, a veces, de falta de rapidez y agilidad para tomar decisiones

El terremoto-tsunami que el 11 de marzo de 2011 afectó a la central de Fukushima golpeó duramente Japón. Cinco años después, la fiscalía imputó a tres exaltos directivos de Tepco, la operadora de la central, por no haber tomado medidas adecuadas para evitar la tragedia. Se confirmó una pésima gestión, antes y después de la crisis nuclear, tanto de responsables políticos como empresariales, que reaccionaron tardíamente y minimizaron los daños en los reactores.

¿Cómo pudo ocurrir un accidente de tal calibre en un país líder tecnológico mundial? En Fukushima se sumaron altas dosis de inercia, indecisión y falta de transparencia. Todo ello debido a la connivencia entre políticos, funcionarios y directivos de Tepco. Los dirigentes japoneses son eficaces trabajando en equipo, pero, desde nuestra percepción occidental, pueden pecar, a veces, de falta de rapidez y agilidad para tomar decisiones. Prima el acuerdo por consenso, lo que lleva su tiempo. En Fukushima se reaccionó tarde y mal.

Hoy persisten problemas de gobernabilidad en la cultura política y empresarial nipona. El ministro de Economía Akira Amari dimitió el 28 de enero por presunta corrupción.

Con todo, la gran preocupación de los japoneses es la dificultad del Gobierno para superar más de dos décadas de estancamiento económico. El Banco de Japón dopa la economía inyectando liquidez y apoya a los grandes conglomerados empresariales exportadores. Pero los japoneses no perciben aún una mejora económica. Persiste un círculo negativo: los grupos empresariales no repercuten sus beneficios en el salario de los trabajadores; estos ahorran y frenan el consumo, lo que debilita la producción. El Gobierno retrasó hasta el 2017 una segunda subida del IVA del 8% al 10%. La deuda sigue en el 240% del PIB. El Banco de Japón recortó el tipo de interés hasta el -0,1%. Pero muchos analistas dudan de que ello impulse la demanda interna.

FALTA DE REFORMAS

Muchas medidas monetarias pero pocas reformas estructurales. Crece el descontento, pero la oposición política al Partido Liberal Democrático de Shinzo Abe es inoperante. Los datos económicos son desalentadores. El PIB creció solo el 0,4% en el 2015. La desaceleración de China y otras economías emergentes perjudica al comercio exterior de Japón. Aun así, la balanza comercial se ha reequilibrado por la caída de los precios del petróleo y gas importados.

Un dato sorprendente: mientras la zona euro creció el 1,6% en el 2015 sin apenas crear empleo, Japón mantiene el pleno empleo. España entró en el 2016 creciendo más del 3% pero el paro supera el 20% y golpea a los jóvenes. En cambio, la tasa de paro nipona es del 3,3% aunque también sube la precariedad laboral. El desempleo juvenil afecta a solo el 3,6%, y el 30% de los mayores de 65 años prefieren seguir trabajando aunque sea unas horas.

Cabe sumar la incorporación de la mujer al mercado laboral. Influye el factor demográfico. Japón tiene 127,1 millones de habitantes, 947.000 menos que en el 2010, debido al envejecimiento causado por un índice de natalidad de 1,4 niños por mujer. También por el rechazo a acoger a emigrantes. Sin corregir el déficit demográfico, Japón perderá vitalidad y su futuro se ensombrecerá.