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Un niño refugiado sirio camina por el campo de refugiados de Zataari, en Jordania.

Un niño refugiado sirio camina por el campo de refugiados de Zataari, en Jordania. / JAMAL NASRALLAH (EFE)

De fondo se oye a unos niños jugueteando. Es lo único que da alegría a esa casa. En las paredes no hay más decoración que una jaula con un periquito. Una tele con las pulgadas proporcionales al tamaño de la sala emite dibujos animados en árabe. La extrema pobreza no impide que a los visitantes se nos ofrezcan un zumo y unas pastas servidos con una generosidad que estremece. Nunca vi un rostro más triste que el de esa madre. Hace nueve meses vio salir por la puerta a su marido y a su hijo mayor, rumbo a Europa. Hace dos que no sabe nada de ellos. El silencio se adueña de la conversación. Es la cara B de esas hileras de refugiados 

En el campo de refugiados de Zataari (en territorio jordano, a 12 kilómetros de Siria) nos para un señor con turbante, de ojos claros, unos 60 años. Es guapo, muy guapo. Podría hacer el anuncio del abuelo enrollado que le da fuet a escondidas a su nieto. Pero él lo único que anuncia es su desesperación. Hace tres años que vive en el limbo. Porque un campo de refugiados es un limbo, una sala de espera sin revistas del corazón caducadas para entretenerse. Allí retenidos, los refugiados están a la espera, sin que una operadora les dé pistas sobre su futuro. Han logrado vivir lejos de los peligros de una guerra, y a la vez logramos mantenerlos lejos de nosotros, no vaya a ser que irrumpan en nuestra confortable salita de estar.

El señor del anuncio ya ha renunciado a su futuro, pero agarra del brazo a un chiquillo, y con rabia nos suelta: «Yo ya doy igual, pero ¿qué va ser de este niño, huérfano de padre y madre? ¿Qué le espera a él?». Los ojos claros del señor del anuncio se enrojecen, pero su dignidad hace que no le veamos una sola lágrima. Gira la cara, coge aire y se despide sin que se le olvide invitarnos a comer.

Como una borrasca

Amaya, de Médicos sin Fronteras, sostiene que vemos a los refugiados como un fenómeno meteorológico. Como una borrasca que se mueve por el mapa y nuestro único deseo es que escampe. Ya se encargan nuestras autoridades de actuar como anticiclón, pero eso no impide que la tormenta descargue sobre nuestra conciencia.

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La Unión Europea ha decidido acoger a 120.000 refugiados. Somos la hostia de la generosidad. Solo en el campo de refugiados de Zaatari caben esos refugiados. Y en Jordania, con una población 60 veces inferior a la de la UE, ya se han instalado casi un millón de sirios. No hay más preguntas, señoría.

Lo importante es que esta semana vuelve a haber Champions y se acaba el Mundial de motos. Veremos alguna que otra trascendental reunión en la Moncloa, alguna que otra histórica declaración para proclamar independencias y alguna que otra organización mundial de la salud nos meterá el miedo en el cuerpo a cucharadas. Y de lo otro, del limbo, de la cara B, yo también me habré olvidado.