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Editorial

Dimisión en el PP vasco

La renuncia formalizada ayer de Arantza Quiroga a la presidencia del PP vasco supone otra oportunidad perdida para resituar el partido en el mapa político de Euskadi. Con ETA liquidada, los tiempos en que el PP actuó como vanguardia de la lucha civil contra el terrorismo, junto a l PSE, han ido quedando atrás. La sociedad vasca ha cambiado en estos cuatro años y el sacrificio humano ya no puede ser el principal activo para recoger el apoyo electoral, como se constata desde hace varios años. Quiroga ha decidido abandonar tras el rechazo por el sector del partido encabezado por el ministro de Sanidad, el alavés Alfonso Alonso, a su ponencia sobre la convivencia en Euskadi, que no cerraba las puertas al diálogo con Bildu. Ayer, la ya expresidenta dibujó con precisión lo que ocurre: «La sociedad va por delante de los políticos». Pero el PP sigue en el País Vasco, como en Catalunya y en tantas otras cuestiones, sin querer enterarse de ello, convencido de que aún es el muro de contención contra ETA y el genuino intérprete de la voluntad de las de víctimas. El mentor de Quiroga, Antonio Basagoiti, ya intentó dar el paso de recuperar la centralidad pero fracasó, y en el 2012 también decidió tirar la toalla. Ahora ha sido su sucesora que, pese a su juventud, es una curtida política con 20 años de militancia, casi todos ellos en los tiempos en que esto significaba, literalmente, jugarse la vida. Nadie le puede reprochar haber banalizado la violencia, aunque ahora haya quien le niegue la oportunidad de avanzar en el camino de curar sus heridas.

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