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Análisis

Deshojando la margarita de la intifada

Cristina Manzano

La situación es un polvorín insoportable para cientos de miles de personas, que ven sus derechos pisoteados cada día

Las piedras de antaño parecen haber dejado paso a los cuchillos, los atropellos y los disparos, pero siempre que aumenta el tono de la violencia entre israelís y palestinos flota en el aire la posibilidad de estar asistiendo al nacimiento de una nueva intifada.

Según los expertos, esta se ha producido tradicionalmente cuando las autoridades palestinas han apoyado y coordinado la resistencia no pacífica de su pueblo frente a Israel; así ocurrió a finales de los 80 y principios de los 90 con la OLP y Yasir Arafat. De modo que, dicen los mismos expertos, será difícil llegar ahora a esa situación, ya que Abu Mazen, líder de la Autoridad Nacional Palestina, más allá de la retórica no tiene ninguna intención de alentar la violencia en su turbulenta relación con Israel.

Se llame como se llame, la creciente escalada de tensión, que como un goteo continuo viene produciéndose desde el pasado verano, parece despertar de su letargo a una comunidad internacional centrada en los últimos meses en la (positiva) negociación con Irán y en la (muy negativa) guerra de Siria.

Tras la crónica anunciada del fracaso de la última intentona negociadora por parte del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, en la primavera del 2014, llegó a dar la impresión de que el conflicto palestino-israelí comenzaba a interesarle a muy poca gente (salvo a los implicados, claro); que el proceso se inclinaba hacia una fase de 'congelación', en la que ambas partes -una, la israelí, más que otra- apostaban tácitamente por mantener el estatus quo. La realidad, sin embargo, se asienta sobre un conjunto de polvorines que pueden, como ahora, soltar algunas chispas, o acabar degenerando en una explosión en la que los palestinos llevan siempre la peor parte.

Un polvorín es el de la propia política palestina. El gobierno de unidad que acordaron Al Fatah y Hamás hace poco más de un año se rompió el pasado verano, agudizando la división política y territorial de Gaza y Cisjordania, y dinamitando la posibilidad de un frente unido contra Israel.

Sobre otro polvorín está sentado Abu Mazen, dentro de su propio partido, Al Fatah: aferrado al poder a sus 80 años, negándose a nombrar un sucesor, y en medio de una lucha entre sus partidarios y un sector reformista al que le gustaría ver una postura más dura frente al Gobierno israelí. Consecuencia de esta división interna está siendo un creciente apoyo a Hamás también en Cisjordania.

Netanyahu se mueve igualmente sobre arenas movedizas, con una frágil coalición de gobierno, con elementos ultraconservadores siempre dispuestos a ir un paso más allá en la ocupación y a seguir tensando la cuerda con los palestinos.

Por supuesto, a una distancia no muy lejana se huele el polvo de los combates en Siria y de los avances del Estado Islámico. Y aunque Israel se mantiene como una pequeña isla en el turbulento escenario de la región, nadie allí puede dejar de mirar con preocupación la extensión del radicalismo y sus mil y una formas.

Pero, sobre todo, está el polvorín de una situación invivible para cientos de miles de personas, que ven sus derechos pisoteados cada día en aras de la seguridad del otro.

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