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Análisis

Inmigración en Europa: realidades confrontadas

Cristina Manzano

Las principales respuestas de la UE son construir cada día vallas más altas y muros más largos

Hoy la noticia es la dramática muerte de un joven sudanés en el Eurotúnel cuando trataba de cruzar el Canal de la Mancha. Ayer lo fue que se habían encontrado 13 cadáveres en una embarcación en la que viajaba medio millar de inmigrantes rumbo a Italia, aunque pasó casi desapercibida. La rutina, claro. De estas nos llegan casi cada día y nos vamos acostumbrando.

Desde principios de junio, nueve personas han fallecido intentando entrar en Reino Unido por el túnel; la empresa que lo gestiona asegura haber interceptado a 37.000 en lo que va de año. En el 2014, más de 3.000 murieron al querer cruzar el Mediterráneo. En el primer trimestre del 2015, más de 57.000 inmigrantes irregulares llegaron a Europa, el triple que en el mismo periodo del año anterior. Se calcula que hay entre 3.000 y 5.000 personas acampadas en la llamada jungla de Calais; más de 30.000 en los campos de Marruecos; solo en enero y febrero las entradas aumentaron el 160% en la frontera entre Turquía y Bulgaria y el ¡990%! en la de los Balcanes.

SALTO AL VACÍO

Las cifras son inhumanas, no solo porque muestran crudamente la enormidad de la tragedia, sino porque acaban escondiendo, bajo la frialdad del rigor estadístico, la realidad de cientos de miles de vidas anónimas que han puesto en ese salto al vacío su única esperanza.

La otra cara de esta realidad, como ha puesto de manifiesto el primer ministro británico, David Cameron -que está estos días en Singapur-, son las molestias que los incidentes en el túnel con los inmigrantes, entre otros motivos, están causando a los miles de veraneantes atrapados en las carreteras que enlazan con el continente.

La inmigración se ha convertido en uno de los desafíos fundamentales para la Unión Europea en su conjunto, y para cada uno de sus estados miembros en particular. Cuestiones tan profundas para la propia esencia y los valores de la UE como la solidaridad, la ayuda humanitaria, el derecho de asilo, etcétera, se ven confrontadas a las inseguridades e incertidumbres de una situación económica frágil, de una demografía menguante, y de una población cada vez más temerosa espoleada por un número nada despreciable de partidos xenófobos y racistas.

Como es obvio a la luz de los resultados, las políticas no están funcionando. El pasado mayo la Unión presentó la Agenda Europea sobre Migración, que aspira a crear un discurso común y compartido sobre la solidaridad entre los estados. Aunque el debate sobre el reparto de cuotas de refugiados por países-uno de sus primeros pasos- ha sido de todo menos aleccionador, con los líderes europeos discutiendo, uno arriba, uno abajo, el número de refugiados que estarían dispuestos a acoger en su territorio. El ejemplo más cercano: España admitirá apenas a 1.300 refugiados, lejos de los más de 4.000 inicialmente planteados.

En el plano individual, las principales respuestas de los países están consistiendo en construir cada día vallas más altas y muros más largos, en tratar de establecer controles más fuertes y en devolver a los que lo logran a sus países de origen por el sistema más rápido. Pero no será suficiente. Como también ha demostrado el caso de España en su relación con Senegal, parte de la solución pasa por incentivar la mejora de las condiciones en el origen; otra, esencial, por luchar con todos los medios contra las mafias -cada día más organizadas y eficaces- que trafican con personas como si fueran mercancías al por mayor; e, inevitablemente, por destinar más recursos humanos y económicos para mejorar la vida de los que han logrado llegar, hasta que puedan, o les ayudemos, a encontrar otro futuro.

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