04 abr 2020

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Es la lucha de clases, estúpido

Josep Maria Álvarez

De la crisis griega se harán muchas lecturas y se extraerán muchas conclusiones. Yo saco la mía. Y no la centro en las consecuencias económicas para Grecia, ni siquiera en la crítica, a estas alturas algo fácil y gastada, sobre cómo los poderosos de Europa imponen sus decisiones a los estados del sur. Aunque las dificultades para resolver los conflictos en el seno de la Unión tienen que ver con la falta de mecanismos nuevos y más democráticos que combinen los requerimientos de los Estados miembros con la acción de las instituciones comunitarias, y la vez aseguren la participación de los ciudadanos, y no es éste el principal problema. Y no le resto importancia. En realidad, y reciclando aquella frase del presidente estadounidense Bill Clinton, es la lucha de clases, estúpido. Pero ya llegaremos.

Considero que el problema en el seno de la Unión es la falta de alternativas en el modelo de construcción política de Europa. En resumen, la socialdemocracia tradicional ha perdido aliento e incluso visibilidad en esta Europa que lucha por sobrevivir como proyecto. Bloqueada entre la lógica financiera que hacen imperar los países del centro y el norte de la Unión y los nuevos movimientos sociopolíticos básicamente instalados en el sur, no es capaz de canalizar el descontento social y ofrecer una alternativa al dictado de los mercados.

Y eso, dejadme decir que es terrible. Y no por una cuestión de supervivencia de unos partidos o una ideología. Sino porque su incomparecencia con perfil y proyecto nítidamente propios deja Europa a los pies de los caballos. Sin alternativas, la ciudadanía sólo puede conformarse con esta suerte de pensamiento único que nos quieren imponer como inevitable, irrechazable e inalterable desde la troika, o bien activar su descontento apoyando cada vez más opciones que han cogido la bandera del antieuropeísmo, y que en demasiados casos responden a ideologías totalitarias indisimuladamente escondidas detrás de discursos de exacerbación nacional, como es el caso del Frente Nacional francés de Marine Le Pen.

Preocupante, todo. Y es en este contexto que el sindicalismo europeo debe hacer de manera urgente un paso adelante. Y lo hará en tres direcciones. La primera, en el sentido de convertirse realmente en movimiento social de alcance transnacional que opere como fuerza de confrontación real ante la imposición del modelo neoliberal en Europa. Una fuerza que sea mucho más que la voz calificada de los trabajadores y pase a ser un factor de resistencia ante los mercados y fuente de inspiración en la construcción de la Europa social.

El sindicalismo de clase debe convertirse, y esta es la segunda dirección, en un verdadero puente entre esta socialdemocracia sin iniciativa y los movimientos sociales que responden con lo que tienen al sistema que los ignora, los empobrece y los arrebata las esperanzas. Y no con la voluntad de regenerar la socialdemocracia europea ni de apaciguar la efervescencia anticapitalista, sino para definir un nuevo espacio político que ofrezca una alternativa tangible y transitable a la que hoy encarnan las instituciones europeas secuestradas por el sistema financiero.

Y finalmente, un paso en la línea de identificar sin rodeos que lo que hoy se está produciendo en el viejo continente no es otra cosa que un capítulo más de la lucha de clases. Parecería, si nos dejamos llevar por los discursos grandilocuentes de los que defienden las soberanías estatales, que el combate es entre las democracias nacionales y una Europa burocrática y sin alma que actúa como un autómata programado por los intereses económicos. No es ni siquiera la trifulca por la administración de los recursos entre los poderosos del norte y los depauperados países del sur. En realidad, es la vieja lucha de clases en un formato globalizado. Las reglas ya no son las legislaciones locales y, por tanto, el marco de análisis y de actuación de los trabajadores y sus organizaciones debe cambiar. Siempre lo hemos dicho, pero la crisis griega ha demostrado una vez más que no somos capaces de superar la fase del discurso teórico. No ha habido ningún movimiento sólido en toda Europa en defensa de los trabajadores y las trabajadoras griegos. Y no podemos esperar que esto ocurra si el sindicalismo de clase europeo no se convierte en su motor.

Es nuestro empuje para crear la alianza entre la socialdemocracia y los movimientos sociales y políticos emergentes, que ya empiezan a tocar poder institucional, la única acción posible para salvar el proyecto de la Unión. De nosotros depende la posibilidad de construir la alternativa. De volver a equilibrar las fuerzas en el viejo y renovado combate de clases sociales.