08 abr 2020

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Religión, política y pobreza

Que a todos nos merezca la pena vivir

Lucía Caram

Hay quien intenta descacreditarme porque me he vuelto muy incómoda para intereses oscuros

Cuenta el libro de los hechos de los apóstoles que un día el apóstol Pedro y Juan entraban en el templo. Allí en la puerta había un hombre inválido de nacimiento pidiendo limosna. Ellos se le acercaron y le dijeron: “No tengo ni oro ni plata, pero en nombre de Jesús, te digo, levántate y camina”.

Valga este testimonio del Nuevo Testamento para poder, con las aguas un poco más serenas, decir en voz alta, cómo ha impactado en mi vida y en mi corazón el revuelo mediático, que lejos de mi intención y de mi actuación real, ha sido la pimienta o la distracción de una semana electoral, en la que nunca me propuse ni ser protagonista ni impulsar candidaturas, y en la que hubo, como en frecuentes ocasiones de estos últimos tiempos, alguna mano negra empeñada en desacreditarme porque reconozco que me he vuelto muy incómoda para intereses oscuros y egoístas de quienes pretenden perpetuarse en el poder utilizando la mentira y la difamación.

Desde hace varios años mi vida está al servicio de los más empobrecidos y humillados, y por ellos puedo decir que lo he entregado todo. No tengo vida propia, y a tiempo y a destiempo, por activa y por pasiva, busco alianzas, complicidades, ayudas, para poder paliar tanto dolor. Las horas de mis días se multiplican y ya no puedo robar más horas a mis noches y al descanso, con el solo objetivo de despertar conciencias y buscar ayudas en todos aquellos que quieran escucharme y que quieran apostar por un nuevo modelo de sociedad en la que de verdad nos digamos y seamos hermanos.

Me duele el hambre de la gente, me hiere que sean desahuciados, me humilla la pobreza infantil, me rebelan las injusticias. Cada día junto a muchas personas nos dedicamos a acoger y a acompañar a aquellos que ya no cuentan, y la impotencia en más de una ocasión me pone en pie de lucha, porque entiendo que ya no pueden más y siento, que yo tampoco puedo con tanto dolor y con tanta injusticia que sería perfectamente evitable.

Ya lo he dado todo, no tengo nada que perder y por eso hablo, denuncio, me quejo y hablo con todos. Sé que estamos condenados a entendernos y solo deseo que estalle la paz, una paz que sólo será posible si la construimos desde un corazón reconciliado, sin odios ni rencores.

Contra la pobreza y la exclusión

En estos años son muchas las personas, las empresas, los amigos, los ciudadanos que me han ayudado a crear oportunidades y a enjugar no pocas lágrimas. Creo que otro mundo es posible. No siempre es fácil y a veces me lo ponen muy difícil. He conocido también la traición, la manipulación, el odio y el resentimiento, en las filas de la Iglesia y en las del gobierno; en las de los ultras que se resisten al cambio y en aquellos que ni viven ni dejan vivir. Pero no quiero juzgar ni condenar a nadie. Lo he dicho y lo repito: Mi única lucha es contra la pobreza y la exclusión social, y ni me van a matar la esperanza, ni permitiré que me roben la decisión de ser feliz y de trabajar para que todos lo sean.

No pienso dedicarme a la militancia en ningún partido político, y si hago opciones a favor de los derechos humanos, en defensa de la dignidad de todos, y a eso se le llama “hacer política”, que nadie se piense que voy a perder mi libertad afiliándome o hipotecándome con ningún color en particular. A Jesús se lo cargaron porque su mensaje incomodaba al poder político y religioso, y ambos se confabularon para terminar con su vida. Mi fuerza es la del Evangelio, que es además mi norma de vida y el imperativo moral, que junto a tantas vidas maltratadas me mueven a actuar, más allá de lo “establecido” por normas canónicas y movida exclusivamente por mi afán de trabajar por el nuevo orden querido por Jesús de Nazaret.

La malicia de algunos y la manipulación de otros me ha presentado en medio de una situación eclesial personal, mezclada en un juego político, en el que nunca quise entrar, pretendiendo identificar mi actuación y opción con la de la hermana Teresa Forcades, con quien me une el afecto fraterno y el respeto mutuo, que los medios no podrán ni destruir ni poner en cuestión. Forcades legítimamente ha optado, desde el el Evangelio, por una militancia política determinada y es respetable. Pero no es ese mi camino ni mi opción. Pienso seguir siendo monja, viviendo en comunidad y trabajando por el Reino querido por Jesús. No voy a dejar que intereses ajenos nos enfrenten, porque no existe ningún motivo para ello: es más lo que nos une que lo que nos puede hacer legítimamente disentir. Y eso, no deja de ser una riqueza en esta sociedad plural en la que presumimos de libertad y de respeto a la diversidad.

Abrazos y sumas

Mi relación con el presidente de la Generalitat, Artur Mas, es de amistad personal, y más allá de compartir o discrepar de algunas las políticas o medidas de su Gobierno, puedo decir que es una persona honesta, que nadie ha podido demostrar que sea "un corrupto", todo lo contrario, y que es una persona a la que la anima una vocación de servicio a la ciudadanía y al `país. Puedo decir lo mismo de Xavier Trias. Además no oculto mi amistad con políticos de diversos colores a los que me une la amistad, el deseo de construir y la búsqueda del bien común. Digo esto porque cada uno debe ser responsable de sus propios actos, y porque no es justo que se señale a una persona por la corrupción, mal ejemplo o escándalo de alguien de su mismo partido, de quien ya se desmarcaron facilitando que la justicia realice su labor. Por tanto, no me avergüenzo de dar un abrazo a una persona de bien, con quien también estoy buscando complicidad para conseguir un pacto por la causa que anima mi vida y que no me canso de repetir: Es la eliminación de la pobreza y la exclusión social.

Quisiera sumar. Todos nos necesitamos.Tenemos que trabajar para que en nuestro país y en el mundo a todos les merezca la pena vivir. Desechemos de una vez por todas el odio, el resentimiento y todo aquello que nos distrae de lo único necesario: que todos vivan con dignidad y que haya oportunidad para todos.

Yo, como Pedro y Juan, los apóstoles, no tengo ni oro ni plata, y pido a todos que se sumen y que en nombre del Dios de la vida o de la vida de los hombres, cada uno dé lo mejor de si para que la humanidad se ponga en pie y pueda, como aquel inválido de nacimiento, comenzar a andar.

Sor María Lucía Caram
Monja Dominica
Convent de Santa Clara
Manresa