El radar

Las pequeñas y no tan pequeñas cosas

Más allá de los grandes temas, los barceloneses piden a los políticos que les hagan la vida mejor

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Cierto, estas elecciones municipales que tenemos a la vuelta de la esquina son muy importantes, y por muchas razones. Es verdad, después (o a mitad, según a quién se pregunte) de años de angustiosa travesía del desierto de esta triple crisis socioeconómica, política y territorial, abren un ciclo electoral tremebundo: municipales, autonómicas presuntamente plebiscitarias, generales e incluso las del Barça. Una detrás de otra, casi sin respirar. Y de ahí quizá salgamos con un país muy distinto, o con más de uno.

De acuerdo, son el primer asalto del combate del siglo. En un rincón, el bipartidismo, el régimen del 78, la casta o como se le quiera llamar; en el otro, las fuerzas y figuras más o menos emergentes y más o menos comprometidas contra la pobreza y la desigualdad, en sanear la vida pública y en esa regeneración democrática que los ciudadanos están pidiendo a gritos (aunque haya mucha menos coincidencia sobre el cómo).

Y sí, nos pongamos como nos pongamos, los resultados -quién gana y quién no, con quién se pacta y con quién no- se escudriñarán con lupa soberanista. Y según como les haya ido en la feria, unos dirán que habrán sido plebiscitarias sobre si hay que hacer plebiscitarias, y los otros que ni hablar, que no iban de eso. Esta película ya la hemos visto.

Todo indica también que estos comicios iniciarán una etapa en la que las mayorías absolutas serán mucho más caras de ver y, dado que se supone que habrá que seguir formando gobiernos, muy probablemente no nos quede otra que rehabilitar la denostada cultura de la coalición. Desde la brutal campaña contra los pactos de Pujol Felipe, las coaliciones llevan décadas malviviendo bajo sospecha; sean de los colores que sean, siempre hay un coro gustosamente dispuesto a poner el grito en el cielo para denunciar incoherencias, debilidades, dragones khan, traiciones a las esencias y, sobre todo, oscuros intereses. Pero ahora...

Y en clave barcelonesa, la cosa promete. Junto a todo lo dicho, se nos amontonan sobre la mesa apasionantes debates en torno al modelo y el alma de la ciudad, la gestión del impacto (para bien y para mal) del turismo, la smart city, la expulsión de los jóvenes de los barrios donde se criaron, la capitalidad...

Pero viendo las aportaciones de los ciudadanos al debate impulsado en estos días en Entre Todos queda asimismo muy claro que sí, que todos estos grandes temas son muy grandes, pero que los barceloneses reclaman también a sus políticos municipales que les mejoren su día a día, las pequeñas y no tan pequeñas cosas de su entorno más próximo, de su barrio, de su calle, que les pueden hacer la vida un poco más fácil. Desde esa biblioteca y esa residencia tantas veces prometidas a esos bancos para sentarse a tomar el sol, de esas baldosas sueltas o esos árboles sin podar que cobijan bichos a ese botellón recurrente debajo de la ventana del dormitorio. Sin olvidar los debates más clásicos, que precisamente lo son porque abordan aspectos cotidianos que influyen decisivamente en la calidad de vida de los afectados: qué hacemos con los perros y con las bicicletas por la acera, dónde aparcamos, la limpieza, los ruidos, la seguridad, las obras...

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Y otra cosa, fundamental. Quieren que les escuchen. «Tal y como he informado en varias ocasiones al alcalde (...)», empieza su carta Óscar Martínez. «Hace 20 años que protestamos y las mejoras han sido escasas», escribe Maria Àngels Navarro. «A pesar de haber escrito varias cartas a la concejala del distrito, no nos hacen ni caso», lamenta Julio López. Diálogo, participación, transparencia. La regeneración también pasa, ineludiblemente, por estas pequeñas cosas que no son tan pequeñas.

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