La rueda

El discreto encanto de la ambigüedad

Podemos descubre ahora el cálculo y el matiz, lo que caracteriza a la política de siempre

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Por más simpatía que pueda despertar en mí la figura de Pablo Iglesias, por más original y necesaria que encuentre la iniciativa de Podemos, no sé por qué pero cada vez me los creo menos. Comparto su visión crítica de la realidad, sintonizo con su sensibilidad utópica, aplaudo la mayoría de sus propuestas y celebro la valentía y la honradez con que las plantean... Así pues, ¿por qué será que no acabo de confiar en ellos? Supongo que la falta de pedigrí y su crecimiento repentino, tan espectacular como difícil de asimilar, no ayudan mucho. Pero eso no es todo. Últimamente, sobre todo después de la última visita de Iglesias a Catalunya, reconozco que mis prevenciones y mis dudas no han hecho más que aumentar.

Si algo hacía diferente el discurso de Podemos era la claridad y la proximidad. Hasta ahora habían sabido recoger la indignación general y representar la voluntad de cambio para aparecer públicamente como una auténtica alternativa al sistema. Además, su inexperiencia en la práctica del poder les liberaba de los compromisos y de los lazos, de las condiciones y de las concesiones que sí tienen y deben hacer los demás partidos. Eso les permitía también dar una imagen transparente, sin necesidad de utilizar el doble lenguaje habitual que caracteriza el discurso de los otros políticos. Digo hasta ahora, porque es evidente que últimamente su discurso no es el mismo. Será culpa de las encuestas, pero el cálculo, la mesura y el matiz con que hablan ahora del referéndum en Catalunya o de la política económica son un buen ejemplo de este cambio. Y de ahí nace mi desconfianza. No ha sido necesaria una experiencia directa, sino la simple perspectiva del poder, para que Podemos y Pablo Iglesias hayan descubierto lo que es tan característico de la política de siempre: el discreto encanto de la ambigüedad.