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El tablero europeo

EEUU gana por goleada a Rusia y Europa

Georgina Higueras

Las sanciones de la UE a Moscú representan el fracaso de la diplomacia y son doblemente injustas

El tsunami que azota la economía rusa amenaza no solo al gran vecino del norte sino también a toda Europa, mientras Estados Unidos aplaude una jugada que no le habría salido mejor aunque la hubiera planeado durante muchos años, una hipótesis nada descabellada. El desplome de los precios del petróleo, el hundimiento del rublo y las sanciones económicas se vuelven como un bumerán contra Bruselas y siembran la discordia entre Rusia y una Unión Europea que, incapaz de tener una política exterior y de seguridad común, deja que Washington le diseñe su estrategia presente y de futuro. La OTAN resucita y Mijail Gorbachov se queda solo con su cantinela de «construir la casa común europea».

Si se agrava el contagio de la crisis rusa, es más probable que sucumban algunos dirigentes europeos que no que echen a Vladimir Putin del Kremlin. Como han demostrado a lo largo de la historia, los rusos aguantan bastante bien las penalidades y los últimos sondeos arrojan que Putin sigue siendo muy popular, aunque aún no han medido el impacto de la actual hecatombe económica. La gran mayoría de la población lleva en el ADN los intentos de alemanes y estadounidenses de someter al país por la guerra caliente o fría, y no está dispuesta a ponerse de rodillas.

El cambio de Yeltsin a Putin

Debido al alto precio del petróleo, con Putin los rusos han vivido el único periodo de abundancia en más de un siglo. Con Boris Yeltsin, el gran demócrata amigo de Occidente, y un petróleo que bajó hasta los 10 dólares el barril, sufrieron una de las etapas de mayor penuria económica, pese a lo que dejaron que los gobernase hasta el 31 de diciembre de 1999, cuando les sorprendió con el anuncio de que se retiraba y entregaba el mando al casi desconocido Putin, que apenas llevaba cuatro meses como primer ministro. El nuevo dirigente emprendió de inmediato una cruzada para recuperar la dignidad tanto interna como externa de Rusia. A cambio de superar el caos y establecer un orden económico, los ciudadanos aceptaron un recorte de las libertades que habían experimentado con el borrachín de Yeltsin.

Entre el 2000 y el 2010, el comercio entre Moscú y Bruselas creció el 185% y, lo que es más importante, en esa década se instalaron en el país más extenso del planeta multitud de empresas europeas, que suponen el 75% de la totalidad de las compañías extranjeras que hay en Rusia. La guerra del rublo va a pasarles factura y aún no se sabe qué medidas tomará Putin contra unas sanciones que considera «injustas e impulsadas» por Estados Unidos para impedir la reemergencia de Rusia como gran potencia. Como señala el director del 'think tank' Stratfor, George Friedman: «Nada es más peligroso que un oso herido. Es mejor matar el oso, pero matar a Rusia no se ha revelado fácil».

Los errores de Bruselas

Las sanciones representan el fracaso de la diplomacia, y son muchos los europeos, principalmente del sur, que consideran que las impuestas a Moscú resultan doblemente injustas porque parten de los errores cometidos por Bruselas. Tanto Putin como la gran mayoría de sus compatriotas quieren que la crisis de Ucrania se resuelva lo antes posible, pero no a costa de que ingrese en la OTAN el país que consideran cuna de la civilización eslava, ni de que no se reconozcan los derechos nacionales de la minoría rusa del este ucraniano. Además, la absorción de Crimea no tiene vuelta atrás. Para buena parte de los rusos, representa la recuperación de un «regalo» que Nikita Jruschov hizo a Kíev sin ninguna necesidad. Para Putin es una alteración de fronteras tan aceptable como la de Kosovo.

Dejar que EEUU siga jugando en Europa a impedir que cualquier otro país le haga sombra puede hacer pagar al Viejo Continente un precio mucho más alto que el que está costando a Moscú su apoyo a los rebeldes ucranios. Sin 'brotes verdes' que anuncien el fin definitivo de la mayor crisis económica sufrida por la UE, Bruselas debería encomendar la resolución del conflicto de Ucrania a los miembros que no formaron parte ni de la Unión Soviética ni del Pacto de Varsovia. Tal vez lejos de la inquina de estos sea posible alumbrar una pronta salida que permita mejorar unas relaciones con Rusia que difícilmente volverán a gozar de la empatía y profundización que alcanzaron en la última década.

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