10 abr 2020

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Ropa vieja

Joan Barril

Marie Claire Pretaporter tiene un don especial. Lo dicen todas sus clientas, que son lo mejor de la ciudad. Cuando Marie Claire las recibe las cubre de blusas y de complementos. En manos de Pretaporter un simple pañuelo se convierte en abrigo, en chal y en la última prenda caída antes del amor. «No es la ropa lo que hace a la gente: es el arte de los diseñadores», acostumbra a decir Marie Claire a sus clientas. «El cuerpo es un error de la naturaleza que solo los grandes artistas de la moda consiguen corregir». Cuando la señora Pretaporter, una más que deseable cuarentona, camina por la ciudad nunca se fija en los ojos de la gente ni en sus problemas. Solo ve un Armani cruzando el paso de peatones, un Lagerfeld sentado en el café de la esquina o un delicioso Versace paseando al perro. Probablemente en el interior de esas grandes marcas también hay personas, pero eso a Marie Claire Pretaporter no le importa lo más mínimo. La diferencia entre un maniquí de cartón piedra y un cuerpo vivo de mujer es casi inexistente. Tal vez lo mejor de todo es que los cuerpos vivos son torpes, se manchan, se rasgan y se deshilachan. Y es gracias a ese desgaste que el negocio de la moda va a más.

De eso está hablando ahora Marie Claire Pretaporter en la recepción que los grandes organismos de la moda internacional han organizado en Milán. Para Marie Claire es una puesta de largo. Su profesionalidad es respetada y reconocida en su ciudad. Vende y asesora, pero no crea. Estar en aquella recepción, junto a los grandes maestros cuyas obras ofrece como si fueran joyas, es sentirse en primera división. De pronto una mano masculina, de uñas perfectas y reloj de todos los quilates, le acerca una copa de champán. Le lleva la contraria. Le habla de la belleza de los cuerpos, de la textura historiada de las arrugas, del valor de la experiencia. «Con un vestido, cualquiera puede creerse algo que no es. Si alguien resiste la propia desnudez es señal de que es indestructible». Alguien le dice a Marie Claire que su interlocutor se llama Petronio dell'Alma, misterioso financiero de misteriosa fortuna. Marie Claire advierte una leve rozadura en las bocamangas del esmoquin. «Extraña combinación: un nuevo rico de esmoquin viejo», piensa mientras se dirige al aparcamiento. Su pequeño coche de alquiler luce como una antigualla entre los carísimos automóviles. Las primeras gotas de una tormenta empiezan a caer.

Tras 20 kilómetros de lluvia y de ruidos extraños, el motor de Pretaporter se para definitivamente. Una intensa humareda sale del capó. El agua la está empapando en una situación desesperada. Perdida en un lugar extraño ve llegar entre los charcos otro coche. Un caballero sale con un paraguas. Es Petronio dell'Alma. «Esta usted chorreando. Permítame ofrecerle mi casa y ropa seca. Vivo cerca de aquí, a dos pasos». Marie Claire acepta. El coche de Petronio se dirige a una magnífica villa sobre una colina. Un mayordomo les abre la puerta. La cubren de toallas y Pretaporter se encuentra de pronto en el vestidor de Petronio con su imagen mojada frente al espejo.

Busca en las perchas las marcas amigas de sus proveedores. El vestidor de Marie Claire es como una gran biblioteca de la belleza textil ordenada alfabéticamente. En cambio, del vestidor de Petronio solo cuelgan prendas antiguas, gastadas, al borde del desguace. Elige un jersey de cuello alto y un pantalón vaquero que le viene grande. En la alcoba, frente al hogar, la espera Petronio. «Ese pullóver tiene 100 años. Lo trajo mi bisabuelo cuando fue al Yukon a buscar oro. Esos pantalones que usted misma ha elegido los llevó durante más de dos años el mismísimo Levy Strauss. Cuando me los pongo no me visto, me revisto. No es la posesión de la ropa lo que me hace distinto, es la sensación íntima de estar ocupando el espacio de otro». «Y ese esmoquin de mangas desgastadas?», pregunta Pretaporter. «Lo compré en una subasta de Sotheby's. Perteneció a Scott Fitzgerald, ya sabe, el autor de 'El Gran Gatsby'». Marie Claire empieza a sentir un extraño calor que no viene precisamente del jersey. Petronio la toma de la mano y le dice. «La moda pasa. Son las personas las que quedamos». Y añade: «Anda, quítate la ropa y vamos a conocernos mejor». En el centro exacto de los cuerpos, la belleza solo admite el tacto emocionante de una sábana.

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