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20 de mayo del 2014

Nuestro particular 'taxi driver'

Joan Barril

Se le llama Salón del Cómic, pero en realidad cuando se habla de historias dibujadas, novelas gráficas o simplemente tebeos, no importa que el dibujo se exhiba en un salón o en la mesa del comedor. Y, por supuesto, que nadie entienda la palabra cómic como una desinencia de la comicidad. Sobre todo en esta edición, que ha sido consagrada a las grandes aventuras bélicas. En este Salón del Cómic hemos podido ver como también hay un periodismo del dibujo y una narrativa sintética que nos produce las mismas emociones que la literatura libresca. Como obra maestra está ese gran desplegable de Joe Sacco dedicado al inicio de la batalla del Somme que tuvo lugar en 1916, durante la ya centenaria primera guerra mundial. Sacco, que nos emocionó con su visión de Palestina, ha dibujado un verdadero retablo medieval con su trama de blancos, negros y grises sobre uno de los desastres humanos de Europa.

Pero de vez en cuando también hay que circular por Barcelona. Lo hace el dibujante Bié, quien tras la precariedad ilustradora de la crisis, decidió entrar en el mundo del taxi nocturno. Él es el gran facturador, el asalariado del taxi que más recauda para la empresa de taxis que trabaja. El libro se titula como aquella película de Al Pacino llamada Taxi driver. Pero Xavier Carrasco, el Bié dibujante, ha convertido la noche en un lienzo y los semáforos en un lugar de reflexión. Ya nunca más los cómics serán cómicos. Un cliente del taxista Carrasco le dice: «Puede parar donde están los contenedores de basura. Yo vivo allí». Carrasco, que ha venido a este mundo a escuchar y a dudar de todo le pregunta: «¿Y paga mucho de alquiler por el contenedor?» El cliente, sorprendido, le responde: «¡No, hombre, que yo vivo enfrente!» Y el taxista Carrasco da la conversación por zanjada: «No, era por si había alguno libre a buen precio».

Ese diálogo, en tiempos lejanos, hubiera sido atribuído a Valle Inclán o lo hubieran incluido en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Pero es el paisaje el que convierte a Bié en un filósofo que, sin Beatriz alguna, ha penetrado en el Infierno y sabe el pan que se cuece y los durmientes de los cajeros automáticos y la tristeza de las putas. Probablemente Bié debería cobrar un plus a las carrera de los otros. Bié no se pierde jamás e intuye por la contemplación del ritmo de viandante si realmente desea un taxi o no.

Envidio a Bié en todo menos en la lo poco que dice dormir. Cuando sale a la calle en el horario nocturno Bié no sale a buscar clientes sino a conocerles y a conocerse a sí mismo. Es un superviviente de la crisis, ese fenómeno que nos impide gozar de los dibujos y de los guiones. Lo que Bié nos cuenta está pasando realmente. Eso es lo que hace imprescindible y lo que motivaría que los clientes sensibles le hicieran parar para que Bié dibujara la vida en un instante. Claro que si así lo hiciera dejaría de ser el mayor facturador de la empresa. Y hasta ahí podríamos llegar.

Me consta que después de Bié mi mirada sobre los taxis será diferente y que entenderé la nuca del taxista como la gran lupa que engrandece la ciudad.

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