10 ago 2020

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Al contrataque

Me he equivocado

Ernest Folch

A veces equivocarse es maravilloso.

Un servidor estaba convencido de que el nuevo 9-N, al provocar una grieta en la unidad de los partidos, tendría un respaldo popular muy inferior al de las anteriores movilizaciones. Falso: hoy ya sabemos que fue un hito histórico a pesar de las condiciones adversas en las que se celebró.

Un servidor creía que su aire de butifarrada era un grave error. Falso: ha acabado resultando una jugada maestra que ha dejado al Estado desnudo y en evidencia.

Un servidor creía que no habría garantías democráticas suficientes. Falso: el domingo quedó demostrado que, a pesar de no haber censo, todo el mundo votó libremente y ayudado por una organización impecable.

Un servidor creía que el nuevo formato no tendría legitimidad. Falso: que finalmente votasen más de 2.300.000 personas, a menudo tras colas interminables, convierte la opinión expresada en las urnas en el mandato más legítimo de todo el proceso.

Un acto oficial y solemne

Un servidor creía que el Govern tendría un ataque de pánico y transferiría la organización de la consulta a la sociedad civil. Falso: asumió toda la organización y la convirtió en un acto oficial y solemne de la Generalitat.

Un servidor creía que el president Mas no se atrevería a desobedecer al Tribunal Constitucional. Falso: asumió la responsabilidad y convirtió una simple votación en una rebelión colectiva.

Un servidor creía que no tendría repercusión internacional. Falso: fue apertura y noticia destacada de todos los medios importantes del mundo.

Un servidor creía que el PP dejaría pasar el 9-N sin inmutarse y no picaría el anzuelo. Falso: miren la reacción histérica y acomplejada del Gobierno central, que va desde las amenazas proferidas ante un micrófono atado con un celo hasta esta querella loca de la fiscalía anunciada en televisión por nuestra Alicia.

Un servidor creía que las urnas del domingo no modificarían el futuro inmediato preestablecido. Falso: el 9-N ha hecho saltar por los aires las piezas del tablero, y de repente Mas se siente pletórico, Junqueras parece malhumorado y Rajoy reconoce con otra reacción a cámara lenta que ya no controla el conflicto.

Un servidor, y tantos otros, creíamos y creíamos, y la realidad por suerte nos ha desmentido. Una prueba más de que el proceso catalán es una continua y sana cura de humildad para sus actores pero también para sus observadores. Vendrán curiosas maniobras, pero hoy toca solamente reconocer la realidad sucedida y no la que ha sido opinada.

A veces equivocarse es maravilloso.