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Los cambios en el mapa político

El PSOE frente a Podemos

Carlos Carnicero Urabayen

Solo dando ejemplo pueden los socialistas hacer frente a un grupo que amenaza con desbordarles

Hace un año, el líder del PSOE, preguntado por su principal reto, habría respondido: recuperar el crédito social y vencer al PP. Hoy las encuestas añaden un elemento no menor: contener el auge de Podemos. El tiempo apremia y no sobran las ideas para combatir a un partido que amenaza con desbordarle, como ya ha hecho Syriza con el Pasok, su homólogo griego.

Ignorar a Podemos fue posible en las elecciones europeas; nadie les tomaba en serio. Recrearse ahora sobre su cariz populista puede ser estimulante intelectualmente, pero no eficaz. El PSOE necesita una estrategia frente a un partido que le ataca más que al Gobierno porque sabe que el espacio electoral que pretende ocupar ha sido tradicionalmente del PSOE: un partido de gobierno que representa las utopías posibles y que quiere protestar pero sobre todo influir en el cambio social.

Es imposible abrir un periódico, Twitter o Facebook y no percibir la gran arcada colectiva ante la corrupción. Si no existieran Blesa, Rato, los ERE andaluces o los Pujol, Podemos tendría que inventarlos. Sin corrupción, este grupo sería minoritario. Pero está liderando el discurso contra un cáncer que compromete la gestión, sobre todo, del PP y del PSOE, y que no concluirá pronto.

La ventaja de Podemos en este pantanoso terreno es clara: su juventud le otorga capacidad denunciante y le permite el juicio de la credibilidad para quienes la indignación es lo primero. Pedro Sánchez es parte indirecta de esa denuncia en la que están los partidos del establishment. Lo tiene mejor el líder del PSOE, ya que la renovación de su liderazgo limita sus responsabilidades, pero no puede escapar del centenario sello del PSOE, para lo bueno y para lo malo. No tiene otro remedio que sobreactuar y liderar un radical discurso por la regeneración democrática que sea implacable con la corrupción. Debería repetir: «Voy a barrer mi casa para después poder barrer la casa de todos». Si no es capaz de extirpar el pus en su propio partido no logrará la confianza para gestionar nuestros residuos colectivos. Y son muchos.

Su actuación exprés por el caso de las tarjetas opacas de Caja Madrid, con la expulsión de todos los militantes involucrados, es buena señal, a pesar de que quizá los expedientados no han tenido un proceso sosegado con todas las garantías. No puede haber medias tintas, porque es tarde y demasiadas veces se ha hecho la vista gorda. Sánchez deberá demostrar que no le tiembla el pulso con los ERE de Andalucía, un asunto espinoso que afecta a la región con más poder del PSOE y cuyas responsabilidades están todavía pendientes de resolución. Mantener los equilibrios que lo auparon a la secretaría general con radicalismo frente a la corrupción no será fácil.

La memoria es frágil para retener los éxitos de los partidos, pero es punzante cuando se trata de sus fracasos. Todavía pesan los titubeos de la última etapa de Zapatero, su amiguismo con el sector financiero y su rendición de identidad ante los recortes y la reforma de la Constitución. Pues bien, Pedro Sánchez debe explicar qué haría en idénticas circunstancias si él fuera presidente del Gobierno. Son dilemas que, como muestra Hollande en Francia, siguen de actualidad.

El PSOE debe encontrar una idea propia para modernizar España y su Estado del bienestar sin caer en la trampa de repetir la defensa del statu quo. Defender que todo siga igual no tiene credibilidad y sí un trasfondo conservador. La pregunta es: ¿cómo liderar las reformas para que el resultado contenga intactos los pilares de la igualdad, la redistribución y la justicia social? Frente a Podemos, que plantea propuestas como la jubilación a los 60 años, el PSOE debe liderar el cambio posible y responsable.

La etiqueta de casta otorgada por Pablo Iglesias con tanto desdén como éxito debe ser combatida mediante el ejemplo. El PSOE debe ser el partido de la gente normal, cuyos dirigentes viven como el resto y no hacen de la política un modo de vida. Aunque de los gestos no se vive, urge hacerlos: ir en bicicleta o transporte público, del primero al último, puede ayudar a cambiar la imagen de partido distante. Debe liderar las reformas de la política aunque perjudiquen los intereses de quienes todavía ejercen la representación pública.

Debería el PSOE terminar con la selección adversa que le caracteriza: con frecuencia no se nutre de los mejores sino de los más dóciles, que no casualmente tienen mayor dependencia de la política y son más permeables a la corrupción. Podemos es un partido fundado por profesores de universidad. No se trata de comenzar una competición curricular, pero convendría abrir la organización a profesionales solventes que quieran ayudar sin firmar una cláusula de silencio y sumisión aunque el camino emprendido conduzca al abismo.

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Temas: Podemos

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