24 sep 2020

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La clave

El precio de la mala conciencia

Joan Manuel Perdigó

No, aún no hemos liberado a las niñas nigerianas secuestradas por Bako Haran, ni salvado a los cristianos de Irak de las garras yihadistas, ni por supuesto, hemos logrado la caída de dictadura teocrática de Arabia Saudí.  Pero esta lista de deberes que nos ponen por delante los defensores a ultranza de Israel antes de que toque el turno de pedir cuentas de las hazañas del Gobierno de Tel-Aviv no va a cambiar la tozuda realidad: lo que está ocurriendo en Gaza es una matanza sin paliativos. Por mucha literatura que le echen.

Desde que empezó esta enésima crisis, sacuden nuestra conciencia las imágenes de los civiles muertos en ese campo de concentración en que se ha convertido la franja, donde se hacinan dos millones de palestinos sin escapatoria posible. Pero hay otras imágenes especialmente lacerantes, a las que ya se han referido en estas páginas Emma Riverola y Joan CañeteSon las de los vecinos de la localidad israelí de Sderot, cercana a la franja, cómodamente sentados en sus sillas campestres, con chanclas, bermudas, gafas de sol, y provistos de prismáticos, jaleando desde una colina el impacto de los proyectiles sobre la jaula palestina.

Inconcebible

¿Cómo se ha podido llegar a esta barbaridad? Es imposible reconocer en esas imágenes a los descendientes de Edgar Feuchtwanger, el nonagenario judío alemán que recientemente decidió relatar su infancia en el libro Hitler, mi vecino, donde rescata los recuerdos de una década (1929-39) en que el azar le hizo vivir  frente al domicilio del dictador en Múnich. Sobrecoge recorrer en esas páginas el proceso -la pérdida de amistades, del trabajo, del hogar, el vacío, la humillación…-, lento al principio, acelerado al final, en el que fueron deshumanizados hasta que llegó el extermino, del que su familia logró zafarse en el último suspiro. Ocho décadas después, la desesperación por el olvido de la comunidad internacional que vivieron millones de judíos, revive en millones de palestinos sin esperanza. ¿Es ese el precio que tienen que pagar ellos para acallar la mala conciencia por el Holocausto que no supieron impedir las democracias que hoy vuelven a mirar para otro lado?