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El conflicto de Kiev

Eje de integración Báltico-mar Negro

Francisco Veiga

Ucrania siempre ha representado un lazo de unión Norte-Sur, un nexo entre escandinavos y turcos

La crisis de Ucrania ha vuelto a traer a los noticiarios la histeria de la nueva guerra fría, concepto acuñado en el 2003 por Joseph Stroupe, un analista norteamericano especializado en lo que se dio en llamar la nueva geopolítica de la energía. Se utilizó para desviar la atención de los malos resultados de la invasión de Irak; desde entonces, la insistencia en la «nueva amenaza rusa» ha resultado más y más rentable mediática y políticamente para Washington.

La nueva reedición de esa guerra fría tampoco tiene mucho que ver con Ucrania. Por parte americana expresa la irritación que ha generado la acogida en Rusia de Edward Snowden, tras asestar a la inteligencia estadounidense el golpe más formidable de toda su existencia, y cuestionar su desmesurado crecimiento y descontrol. Dentro de ello, juega la ofensiva de los sectores republicanos más radicales contra la Administración de Obama, que se extiende a la policía exterior y la interior: las negociaciones con Irán, el acercamiento a Rusia para terminar con la guerra en Siria o los intentos de reventar la reforma de la salud. «Si Obama curase el cáncer, el titular de la Fox diría que deja a miles de oncólogos en el paro», reza un chiste reciente.

Por ello, de la misma forma que la nueva guerra fría no es producto de unas causas objetivas, que se extinguieron en 1991, la supuesta «maldición geoestratégica de Ucrania», situada entre el Este y el Oeste, es un tópico que hasta el presente hacía suyo Polonia. Pero eso no tiene por qué ser inamovible.

Históricamente, esa entidad que hoy denominamos Ucrania no surgió como una realidad geoestratégica o comercial específicamente orientada entre el Este y el Oeste, sino más bien enfocada en dirección Norte-Sur. La ciudad de Kiev fue fundada en el siglo IX a orillas del Dniéper por un grupo de  varegos (gentes del norte, vikingos) conocidos como los rus. Desde entonces, la ciudad devino puntal de la ruta comercial que conectaba el ámbito escandinavo y Constantinopla, y las tierras de los rus se expandieron entre el mar Negro, Bielorrusia y el Báltico. En el siglo XIII llegaron los mogoles y arrasaron con todo eso. Con el tiempo, el nuevo resurgir eslavo se trasladaría a otra ciudad más al norte, aislada entre los bosques y capaz de sustraerse al poder mogol: Moscú.

ASÍ ES QUE Kiev está ligada al mito identitario original de los rusos -papel que recuerda al de la Asturias goda y astur con respecto a España-, y de ahí que a rusos y ucranianos les resulte doloroso pensar en el enfrentamiento armado, al menos en clave de pasiones nacionales. Ucrania significa «en el confín» porque con sus cosacos y pobladores se convirtió en marca avanzada en la lucha contra los tártaros y el islam, y los católicos polacos. Durante la gran guerra del norte (XVIII), fueron los suecos quienes intentaron controlar el eje Báltico-mar Negro. Tras la primera guerra mundial, el presidente polaco Pilsudski trabajó en la idea de crear un Intermarium o gran federación de países, que se extendería desde el Báltico al mar Negro y al Adriático.

Cuando en 1991 la Unión Soviética se desintegra y Ucrania surge como Estado independiente, recobra esa orientación Norte-Sur, de la mano de Polonia, que llevó la voz cantante en la firma de acuerdos con los Países Bálticos y Ucrania. En 1997 se puso en marcha una alianza estratégica compuesta por Georgia, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia, denominada GUAM, con Turquía y Letonia como observadores: puro eje Norte-Sur.

PERO DONDE MÁS se ha consolidado este eje de integración Báltico-mar Negro es en los corredores de transporte, descollando el denominado Ferrocarril Viking, que desde el 2003 conecta los puertos de Klaipeda (Lituania), Odesa (Ucrania) y Escandinavia con el Cáucaso meridional. Su importancia es doble: primero económica, porque se trata de un proyecto intermodal que recurre al tren y al barco, por un precio más competitivo que el transporte por carretera, y los volúmenes de carga no han cesado de crecer. Además, el proyecto Viking posee un valor añadido: contribuye a limar diferencias entre vecinos -caso de Lituania y Bielorrusia- y pone en contacto al Cáucaso con el Báltico más allá de los acuerdos comerciales: así lo demuestra la activa política diplomática de Lituania en el Cáucaso Sur.

Por supuesto que el ferrocarril Viking encaja con otros proyectos similares, que lo conectan con Asia Central y China. Pero sobre todo, vertebra un eje de integración Norte-Sur, alternativo al Este-Oeste, que no es agresivo contra ningún poder regional y posee un poderoso efecto de reordenación de las economías y, por tanto, de progreso, enriquecimiento y disolución de conflictos.

También firma este artículo Alla Hurska, del ICPS de Kiev

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