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Los SÁBADOS, CIENCIA

La investigación, motor económico

Manel Esteller

Falta una mayor traducción de nuestros excelentes descubrimientos en productos comerciales

Los científicos hacemos descubrimientos, o al menos lo intentamos. En nuestra época universitaria, haciendo la tesis doctoral una vez licenciados e incluso durante la investigación posdoctoral estamos muy centrados en nuestra investigación y ni se nos ocurre que puede ir asociada a un beneficio económico. Expresiones como propiedad intelectual nos suenan al libro 1984 de George Orwell o a cosas extrañas que memorizan los abogados. De repente, un día, eres el jefe de un laboratorio y entra por la puerta un gestor y te dice que la institución a la que perteneces debe «rentabilizar» a sus investigadores y pensar en la explotación comercial de tus hallazgos. Le miras con curiosidad, como si perteneciera a otra planeta. Y a partir de ahí buscas puntos de acuerdo. Porque ni toda la ciencia pura es necesariamente buena ni todo lo que lleve el sello de la posible comercialización ha sido gestado en el vientre de Belcebú. La investigación, además de aportar un conocimiento necesario para hacer avanzar nuestra sociedad, también puede ser un motor económico de la misma.

EN CATALUNYA se hace una investigación de gran calidad debido a la apuesta decidida de la Generalitat, una decisión que ha tenido el apoyo de los diferentes partidos políticos y coaliciones que han ido pasando por la misma. Otro ejemplo de que cuando los catalanes decidimos hacer algo todos juntos somos difíciles de parar. Pero lo que falta es una mayor traducción de los excelentes descubrimientos que se hacen en un destino final de empresa e industria. Es decir, dar una salida comercial al hallazgo académico. En este sentido no nos podemos comparar a países de tamaño y producción científica similares a los nuestros, como Holanda e Israel. Desde Europa se están dando algunas ayudas para facilitar esta transferencia tecnológica como son las convocatorias de prueba de concepto  del Consejo Europeo de Investigación. Ejemplos de la misma son la modificación de bacterias para luchar contra determinadas enfermedades respiratorias (Centre de Regulació Genòmica) o usar nanotecnología para una mejor depilación (Institut de Ciències Fotòniques). ¡De todo tiene que haber en la viña del Señor!

Cuando desde el descubrimiento queremos llegar al consumidor final, nos encontramos ante un proceso largo y complicado que necesita un apoyo público y privado importante. El primer paso supone patentar el descubrimiento. Esto no quiere decir evitar su uso, sino lo contrario: precisamente podemos disfrutar de tantas cosas en la llamada sociedad del bienestar porque alguien las patentó antes. Ahora bien, muchos centros de investigación y muchos investigadores caen en la patentitis o enfermedad de inflamación de las patentes. Es decir, empiezan a patentar cualquier tontería que se les pasa por la cabeza, con el consiguiente dispendio de recursos humanos y financieros. Solo debería patentarse lo que tuviera una buena oportunidad de ser licenciado (licensing). ¡Qué otra bella palabra! Quiero decir que habría que patentar solo aquellas cosas por las que, tras haberlas visto de  forma resumida y confidencial, una empresa o un inversor han demostrado interés y están dispuestos a poner dinero. En estos pasos se necesitan buenos investigadores, rigurosos y con paciencia para entender el mundo de los legalismos y el bla-bla-bla administrativo y sus demoras temporales. Pero también necesitamos urgentemente formar buenos profesionales para las oficinas de transferencia tecnológica y establecer alianzas con las buenas escuelas de negocios de Barcelona para su ayuda en este proceso.

SI SON OPTIMISTAS como yo, quizá ahora crean que una  vez un descubrimiento tiene licencia todo será fácil. Precisamente es lo contrario. La última etapa hasta su aplicación práctica y posterior comercialización es conocida entre la gente implicada como valle de la muerte. El lugar al que van a morir todas las invenciones y descubrimientos que parecían tan prometedores. Se requiere ahora una gran inversión económica para desarrollar el producto, estudiar el mercado, competir con otras invenciones de usos similares y, si se trata de un producto biomédico, hacer unos grandes estudios de validación clínica que pueden requerir millones. Aquí se necesitarán  ángeles financieros. Y la irrupción de dinero proveniente del capital riesgo. No estaría mal tener ayudas públicas para estos aventureros. Una vez el producto está preparado y hay que venderlo, aquí se lo dejamos a los chicos y chicas de  márketing, que suficiente mala fama llevan en sus pobres espaldas.

Sin embargo, no desfallecemos. Desde la esfera pública, agencias como Biocat ayudan en este proceso, y hay invernaderos para las pequeñas empresas derivadas de los grupos científicos, como por ejemplo las llamadas bioincubadoras. La metáfora es clara: la transferencia tecnológica es un bebé frágil. Pero este bebé tal vez un día será capaz de alimentar a toda una generación de catalanes.

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