Análisis

Maldita disciplina de voto

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Quede dicho de entrada -por si a alguien le puede interesar, que lo dudo-: considero acertada la posición del PSC de no sumarse al bloque soberanista que busca una confrontación con el Estado, con el resto de los españoles y con buena parte de los catalanes. Por tanto, no coincido ni con Àngel Ros ni con el resto de los diputados llamados críticos: Marina Geli, Joan Ignasi Elena, Núria Ventura y Rocío Martínez-Sempere. Una vez puestas las cartas sobre la mesa, afirmo que todos ellos tienen derecho a votar en conciencia.

No tiene razón Pere Navarro cuando dice que los diputados «deben seguir el mandato del partido», en alusión a la opinión del 83% del consejo nacional del PSC reunido en noviembre pasado. Lo mismo sostendría el dirigente de cualquier partido en las mismas circunstancias. Como en tantas otras cosas, nos estamos saltando a la torera el texto constitucional: «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo» (artículo 67 de la Constitución). Y lo que es válido para las Cortes lo debe ser para las asambleas autonómicas, los ayuntamientos y las diputaciones. Un principio constitucional que está por encima de todos los reglamentos de grupos parlamentarios y estatutos de partidos que regulan las sanciones para aquellos representantes que osen romper la disciplina de voto.

Ros tenía derecho a votar de forma distinta a la de su partido, como lo hubiera tenido cualquiera de sus concejales en el Ayuntamiento de Lleida que él preside si, por ejemplo, hubiera optado por oponerse al polémico reglamento municipal que prohibía el burka y el niqab en los edificios públicos. Claro que, lamentablemente, a Ros eso le hubiera disgustado muchísimo. Y resulta patético que Celia Villalobos pida inútilmente libertad de voto para los diputados del PP cuando se tramite en el Congreso la ley del aborto del ministro Gallardón. Y no me puedo creer que todos los diputados de CiU -al menos los de Unió alguna cosa tendrán que decir- estén a favor de seguir un camino que lleva inexorablemente a una confrontación social y política que solo beneficiará a los extremos de cada lado. También ellos tienen derecho a votar sin mandato imperativo.

Hemos aceptado una práctica que es un verdadero cáncer de la democracia: la disciplina de voto. ¿Cómo podemos hablar de régimen parlamentario si los oradores ni pretenden ni esperan convencer con sus parlamentos al conjunto de la asamblea, que acaba obedeciendo como borregos la consigna de voto de los jefes de grupo? Los discursos son para la galería y para el diario de sesiones. No sirven para nada más.

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Claro que no solamente es culpa de los políticos. Los medios de comunicación son/somos también responsables por haber estigmatizado durante tanto tiempo la discrepancia interna, asimilándola a la olla de grillos. Se ha legitimado la desgraciada frase de Alfonso Guerra cuando hacía y deshacía en el PSOE: «Quien se mueva, no sale en la foto». Y así, partido que debate y discute, partido que es señalado con el dedo acusador. ¡Pobre democracia!