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Análisis

El nombre del pescado

Rafael Tapounet

En un pasaje de la hermosa novela El Pentateuco de Isaac, el escritor búlgaro Angel Wagenstein refiere la anécdota del rabino Ben Zwi, que, al ver en el escaparate de una carnicería cristiana un jamón de Praga «rosado y fresco», entra en el establecimiento y pregunta: «¿A cuánto es este pescado?». «No es pescado, sino jamón de Praga», le responde el carnicero. «No te pregunto cómo se llama el pescado -insiste el rabino-, sino a cuánto sale».

Algo parecido le sucedió a Artur Mas en el viaje que realizó estos días pasados a Israel. Un viaje, por cierto, al que cabría aplicar la etiqueta de kósher, pues fue cocinado y servido de modo que resultara perfectamente apto para el exigente paladar judío: ningún contacto con representantes de la Autoridad Nacional Palestina, enfáticas declaraciones de adhesión a la causa del pueblo de Abraham, visitas rituales a los lugares emblemáticos del judaísmo... Solo se echó en falta que el president comandara una expedición a las ruinas de la fortaleza de Masada, símbolo de la heroica (y suicida) resistencia de los judíos frente a la dominación romana (¡con el juego que habría dado el nombre del lugar en los titulares periodísticos!).

El contacto político de mayor rango fue el encuentro con el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres. En él, ambos mandatarios departieron sobre la situación de Europa y Mas planteó sus conocidas tesis a favor de una Unión Europea con un poder central fuerte y una estructura federal en la que los diversos territorios dispongan de suficiente autogobierno para gestionar la «vida diaria» de los ciudadanos.

A partir de ahí, las interpretaciones. A la hora de glosar el contenido de la conversación ante los periodistas, el jefe del Govern dio a entender que le había expuesto a Peres las aspiraciones de Catalunya de convertirse en un Estado europeo como cualquier otro. Un miembro de la delegación catalana presente en el encuentro apuntó que las palabras de Mas ante el presidente israelí podían «entenderse» como una alusión al proceso soberanista. En realidad, como el rabino Ben Zwi, estaban llamando pescado al jamón de Praga. Presionado por sus superiores en Madrid, el embajador español, que había mantenido un silencio empecinado durante toda la visita, se vio forzado a salir a desmentir a Mas y asegurar que este «en ningún caso» le había hablado a Peres de la apuesta catalana por el Estado propio.

Las palabras significan lo que significan y no parece aconsejable estirar los conceptos como un chicle solo para adaptarlos a los propios intereses, por bienintencionados que sean. Es una lección que convendría tener en cuenta a la hora de determinar la pregunta de la consulta.

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