28 mar 2020

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Análisis

Un conflicto envuelto en muchas dudas

Luis Alejandre

Espero que el lector inteligente y ponderado, veterano de otras crisis de nuestro tiempo como las de Irak, Libia o Mali, no me exija una declaración de guerra con la consiguiente intervención bélica por tierra mar y aire como solución al conflicto que desde hace dos años asuela a Siria.

Por supuesto que me preocupa esta larvada guerra civil que bascula ente lo que las Naciones Unidas consideran «asuntos internos» de un país y la responsabilidad de conocer violaciones flagrantes de los derechos humanos y no actuar en consecuencia. Porque en el fiel de esta balanza se mueve la organización con sede en Nueva York, atada aún a los preceptos de la Carta de San Francisco de 1945, con el mecanismo del veto vitalicio de determinados países en su Consejo de Seguridad. Y las nuevas doctrinas sobre intervencionismo humanitario o derecho de proteger que iniciaron Bernard Kouchner y Mario Bettati no han servido ni para prever estos conflictos ni para intervenir desde su raíz. «Ningún dirigente -nos enseñaron con razón- es dueño del sufrimiento de su pueblo». Pero vuelve a surgir la duda. ¿Entraña la intervención internacional más sufrimiento para este pueblo? ¿Quién asegura que la intervención de una coalición internacional no podría generar una guerra civil total, con peores consecuencias?

No. No me atrevo a juzgar desde la paz de mi retiro de Menorca, cuando tantos foros y gobiernos tienen mayores elementos de juicio para decidir. Es más, soy incluso cauto en cuanto a la autoría del empleo de armas químicas, aunque sepa que Siria es uno de los siete países que no firmaron la convención sobre la prohibición de uso de estas armas de 1997. Bashar al Asad y los insurgentes más o menos arropados bajo la llamada Coalición Nacional Siria se acusan mutuamente desde hace meses de emplear este tipo de mortíferas armas. Es noticia y parece constituir el único motivo de preocupación, el disparo contra un vehículo de la ONU en el que viajaba la misión encabezada por el profesor Sellströn, que recorría los suburbios de Damasco en busca de pruebas en dos hospitales, interrogando a médicos, testigos y supervivientes.

La ONU no da respuesta

Los observadores saben adonde van y deben asumir riesgos que pueden proceder de cualquier bando, incluso de cualquier lobo solitario que haga la guerra por su cuenta o a cuenta de cualquier servicio exterior interesado en recalentar la espiral de violencia. No será el primer caso. Recuerden cómo se vendieron las amenazas de aquellas armas de destrucción masiva iraquís o cómo fuimos impactados por las imágenes de aquellos soldados que, sin piedad, desconectaban incubadoras en una maternidad kuwaití para llevar supuestamente a la muerte a aquellos recién nacidos. Soy más que cauto con los impactos informativos.

Y vayamos al fondo. Una vez más, vemos que el actual sistema de la ONU no da respuesta a las crisis de finales del siglo XX y el actual XXI, ni con alertas tempranas ni con fuerzas de interposición, ni con negociaciones diplomáticas. Pero es lo que hay. Se sigue debatiendo en el Consejo de Seguridad, que es quien debe legitimar cualquier intervención si respetamos el derecho internacional. Hoy, Rusia duda de las «pruebas irrefutables» y acusa a Occidente de lanzar una campaña del miedo. Bien sé lo que pensarán muchos lectores: cuando ha interesado, el derecho ha ido a rastras de los acontecimientos. Lo siento, no tengo solución hoy para la crisis siria, prisionero de un mar de dudas que la sociedad internacional debería haber abordado hace dos años. Habríamos ahorrado la muerte y el sufrimiento de miles de nuestros congéneres. ¡Aunque sean sirios!