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Los SÁBADOS, CIENCIA

¡Que la inmunidad esté contigo!

Manel Esteller

Las células que protegen al cuerpo humano de las infecciones fallan en algunas ocasiones

Uno echa de menos ciertos programas de televisión más educativos para los niños. Existe una generación de adultos que fuimos marcados por series como Érase una vez el hombre o Érase una vez la vida. Los tiempos han cambiado y los niños tienen acceso a mucha más información y juegan on line en Club Penguin o Minecraft. No creo que sea mejor ni peor, pero uno vivió en una determinada época y es difícil salir de ella.

Volvamos al punto de partida. Érase una vez la vida era una serie de dibujos animados que didácticamente explicaba la fisiología y estructura del cuerpo humano con las aventuras de un par de astro-

nautas que viajaban dentro de sendos linfocitos, las células de defensa de nuestro organismo. Sí, ya sé que todo suena extraño, pero entonces parecía de lo más normal. En cada episodio luchaban contra un virus maligno, una bacteria horrible o taponaban una herida para que no se infectara.

Recuerdo que ciertos medios de comunicación calificaron la serie de militarista con la misma estupidez con que se cargaron Mazinger-Z por el mismo motivo. ¡Qué fácil ha sido siempre cargar contra las cosas sencillas y qué difícil es cambiar la sangría constante de recursos económicos que se desperdician continuamente en el Ejército y los militares reales! En todo caso, la serie despertó en mí el interés por la inmunología. Le di vueltas unos cuantos años, pero decidí que era una materia demasiado complicada. Eso sí, de un potencial enorme y de un gran impacto sobre la salud.

Los humanos disponemos de un sistema superespecializado para defendernos de ataques exteriores, principalmente perpetrados por microorganismos. Las células de ese sistema se distribuyen por todo el cuerpo, pero los lugares estratégicos son los ganglios linfáticos, el timo, el bazo, el tuétano del hueso y la sangre.

Representantes de este sistema inmune son los linfocitos T, los linfocitos B, los natural killer, los macrófagos, los mastocitos, los esosinófilos y muchos otros. Estas células, de forma altamente controlada, hacen de todo: unas producen unas armas biológicas llamadas anticuerpos para luchar contra las infecciones, otras se lanzan sobre los enemigos y literalmente se los comen (fagocitar queda más fino ); otras cogen trocitos de los rivales y los dan a oler a los perros de caza para que atrapen a la presa (técnicamente se llama presentación de antígenos); otras son archivistas que guardan el recuerdo de pasadas infecciones para reaccionar rápidamente con la respuesta adecuada si nos vuelve a atacar ese microorganismo (células de memoria, se llaman)... Y así vamos sobreviviendo a tantas infecciones.

Este es un sistema que puede ser reforzado, y eso es lo que hacen las vacunas: enseñar a nuestro sistema partes de los patógenos debilitados para que estemos preparados si un día nos ataca el verdadero microorganismo activo.

Todo este sistema tan sofisticado puede fallar y, en consecuencia, aparecer muchas enfermedades. Hay personas que tienen respuestas inmunológicas exageradas contra cosas totalmente inofensivas para el resto de la población, ya sean las nueces o la cáscara de las gambas. Son lo que se conoce como alergias, y en los casos más graves se producen esas reacciones anafilácticas que han hecho sufrir a tantos padres.

Además, puede ser que nuestro sistema inmune reconozca como hostiles componentes de nuestro propio cuerpo: se trata de las enfermedades autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico o la tiroiditis de Hashimoto. En las mismas se producen anticuerpos contra nuestras propias proteínas y material genético.

Pero también hay patologías que son la cara inversa del fenómeno: las inmunodeficiencias. En estos casos, el organismo está debilitado por muchos motivos, y cuando llega la infección nuestras células se rinden de forma prematura. Hay algunas de causa genética, se trata de niños que nacen con una mutación en un gen relacionado con el sistema inmune, siendo un buen ejemplo los llamados niños burbuja (ahora es el momento para ir al videoclub o descargarse de internet la película de un joven John Travolta).

En otros casos, la inmunodeficiencia es adquirida, también provocada por muchas causas. La más conocida entre estas es la infección con el virus VIH, que se carga nuestros linfocitos T ayudantes (helper T cells) y otros patógenos oportunistas se aprovechan de ello. Y, evidentemente, hay una disfunción inmunológica en el cáncer, donde las células tumorales se disfrazan para no ser reconocidas por nuestras defensas. Por suerte, gracias a los primeros estudios de Rosenberg a mediados de los años 80 y al renovado interés clínico por los trabajos del catalán Antoni Ribas empezamos a desnudar al melanoma y nuestro sistema inmune lo puede ver. 

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