29 oct 2020

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Mi hija deletrea igual de bien recortes que 'retallades'

Merche Negro

Reconozco que cuando nos vinimos a Barcelona desde Madrid el verano pasado, me preocupaba un tanto que en el colegio y con esto de la inmersión en catalán, la ortografía del castellano de mi hija se resintiera. No el entendimiento, nos habíamos preparado con una profesora vía Skype durante unas semanas y esto estaba superado. Eran las reglas, las conjugaciones verbales, la puntuación... y sí, de vez en cuando una i latina se nos escapa en forma de conjunción en algunos dictados. Y quizá lo de la "b alta y b baja" aún no está muy controlado en comparación de la "b" y la "v" de la capital.

"Pero mamá mira, he dado lo de las agudas, llanas y esdrújulas en catalán y en castellano y, como son las mismas reglas --bueno, la tilde se pone al revés en catalán de vez en cuando--, ¡pues lo he estudiado dos veces!"". También es verdad, me digo. Por no hablar de que está aprendiendo otro idioma sin casi darse cuenta, y lo que culturalmente eso conlleva. Palabras como 'pastanaga', 'tardor', "¡qué mal pronuncias!" --me dice, apuntando con la nariz al cielo--. "¿Sabes?, lo que dice Enric (su tutor) cuando nos vamos a algún sitio: 'Som--hi!' es muy bonito, es como decir: ¡a soñar!" En casa por lo tanto es un tema de conversación divertido y descubrimos lo nuevo, lo diferente y lo común, y ya cierta entonación por su parte indiscutiblemente catalana que le hace reír cuando por teléfono sus primas o abuela le dicen que se le ha pegado el acento.

Conclusión: cero dramas. En ningún caso me he planteado ir al colegio a reclamar más horas de castellano. "El sistema que se utiliza asegura el perfecto uso de los dos idiomas al concluir la educación obligatoria", me dijeron al formalizar la matrícula, y varios amigos me lo confirmaron: "Recuerdo que si tenía más de dos faltas en castellano, me suspendían". 'Fair enough'. Dudo que en Madrid fueran más estrictos, sinceramente.

Yo soy madre de una niña de 5º que siempre ha estado matriculada en colegios públicos. Y lo que me preocupaba en Madrid es lo que me preocupa aquí, cambiar de ciudad no ha variado en absoluto mis desvelos: la calidad de su enseñanza, la ratio por clase, la capacidad del centro de tener personal de apoyo para necesidades puntuales o permanentes. Que un niño perteneciente a un grupo de población en riesgo de exclusión no se quede rezagado a la hora de pagar los tres euros de una excursión porque sus padres no puedan dárselos, que los profesores tengan el tiempo y el espacio de observar la situación y ayudar sin que el niño se sienta diferente. Que no nos quedemos sin becas de comedor, que las madres no tengan que calcular qué compensa más: dejar su trabajo de media jornada mal pagado o la factura mensual del menú del colegio. Que no se presente una niña con libros fotocopiados y mirando al suelo. Que los fluorescentes de la clase no estén colgando. Que no tarden un mes en darnos las notas del segundo trimestre porque se haya roto la fotocopiadora y no haya presupuesto para arreglarla hasta dentro de dos semanas. No he necesitado inventar ni una coma, he citado realidades que he visto en estos años.

Sin embargo hoy nos han presentado una nueva ley de educación: Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Como antes fue la LOE en 2006 y aún antes la LOGSE en 1990, ambas socialistas como la de hoy es de tinte popular. Como ciudadana de una sociedad democrática y con amplitud de miras teóricamente más allá de nuestro voto, me avergüenzo de un parlamento que no es capaz de consensuar una ley de educación que se mantenga en varias legislaturas Es inconcebible que a un niño le cambien los protocolos de su formación según varíen los habitantes de la Moncloa. Un plan de estudio obligatorio empieza a los 3 años (cuando no a los 0) y culmina a los 16 o 17, siendo progresivo: los objetivos a cumplir saltan por los aires si cada cuatro años volvemos a la casilla de salida. ¿Nuestros gobernantes son incapaces de verlo? En Finlandia por ejemplo, la misma legislación que acabó con las desigualdades del elitismo anterior lleva decenas de años sobreviviendo a cambios en el ejecutivo: es el orgullo del país, intocable.

La forma en la que la ideología política salpica las leyes educativas en España es nauseabunda. Como madre y ciudadana lo digo. Como agnóstica y empadronada ahora en Barcelona me espanto. Que el ministro Wert haya centrado su comparecencia en explicar una y otra vez que asegurarán la escolarización con el castellano como lengua vehicular es simple y llanamente intentar manipular (y provocar) el imaginario colectivo de las familias catalanas, interesadas en otros aspectos. Solo diecisiete pidieron en el curso 2011-2012 no seguir el sistema establecido en el Estatut. Es triste que se haya caído de nuevo en el bucle de la crispación catalana y religiosa, y no se haya insistido en exigir argumentos para por ejemplo, el nuevo sistema de segregación a partir de 3ª de la ESO "para conseguir más eficiencia", adelantando a los 14 años el itinerario que separa a los que se dirigirán hacia el bachillerato (ergo universidad probablemente) de los que aprenderán un oficio y no cursarán enseñanza superior.

El gobierno ha querido lanzar dos mensajes y ocultar otros, y lo ha conseguido. El primero: Cataluña es un problema para España, también en educación. Y no lo son Valencia, comunidad donde se aplica el bilingüismo integrado, "y la norma no supone ninguna innovación" o Euskadi, con "bilingüismo integrado con sistemas de uso preferente de la lengua cooficial pero que contemplan también el castellano como vehicular". Wert ha calculado con una "hipótesis" basada en "supuestos comprobados" (y olé por el oxímoron) el gasto presupuestario que asumirá para asegurar esta opción: cinco millones de euros, varias veces lo ha dicho. Es un dinero sí, pero quizá desluzca un poco si lo comparamos con los 3.000 millones que decidió recortar en educación para el presente curso bajo el dogma de "no hay alternativa", añadidos a los 3.400 ya aplicados anteriormente, y que afectan a las condiciones laborales del personal educativo, cierre y/o deterioro de instalaciones y servicios de centros. Ah, pero esto se anunció el año pasado, el ministro piensa que ya no lo recordamos, y que no podemos dormir pensando en si nuestros hijos aprenden dónde está Montserrat antes que la cordillera Penibética.

El segundo mensaje: fuera la Educación para la Ciudadanía que era obligatoria, y vuelta a la religión y alternativas que además, computen en la media final. Ahora la Conferencia Episcopal puede sacar pecho y recordar lo que hace unas semanas soltó sin hacer mucho ruido, quizá avanzando ya el desembarco de hoy: estudiar religión es apasionante, los niños "aprenden fechas, datos, ecuaciones, fórmulas químicas..." que ahora profundizando de nuevo en el viejo y nuevo testamento "tendrán su verdadero sentido". Pues menos mal que nos lo dicen, no sé yo qué habría hecho del futuro de mi vástaga sin mostrarle la luz.

En abril del año pasado volvimos a la educación de los años 70 en presupuesto. Con la LOMCE anunciada hoy, también lo hacemos en ideología.

Esta ley ministro solo tiene un calificativo, y aunque sé que a usted le importa bien poco lo que la comunidad educativa, sindicatos, asociaciones y padres opinemos, no me voy sin decírselo: es una vergoña, lotsa, vergonya, vergüenza.

No sé si me entiende. Ya, yo a usted tampoco.

Publicado en el blog Pintiparada, de Merche Negro