El escrache del juez Castro

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Los ciudadanos tienen una razonada desconfianza en el funcionamiento de las principales instituciones del Estado que nace de la sensación generalizada de impunidad ante determinados comportamientos. Esta falta de confianza se detecta en las encuestas y en el apoyo a los movimientos socialies alternativos y se traslada a los comportamientos individuales. La defensa de las instituciones y la lucha por su regeneración tienen en este clima pocas posibilidades de convencer a nadie y se interpretan como connivencia cuando no como complicidad con la repudiada impunidad. En este contexto un juez de instrucción de Palma lleva un par de años haciendo lo mejor que se puede hacer para regenerar y defender a las instituciones: demostrar que pueden funcionar correctamente. No tengo conocimientos jurídicos para evaluar la profesionalidad del juez José Castro pero su comportamiento nos reconcilia con el sistema. Es competente porque no le han tumbado casi ninguna resolución hasta el momento en el complicado sumario del caso Noos. Es trabajador porque no hay día que no promueva una actuación o dicte una resolución. Es responsable porque cualquier otro hubiera aprovechado la más mínima oportunidad procesal para sacarse de encima unas diligencias relacionadas directamente con el jefe del Estado. Y es discreto porque ni se dedica a hacer pases de modelo estilo Armani en la puerta del juzgado como algunos de sus colegas de la Audiencia Nacional ni ordena registros de madrugada para emular a Di Pietro. Y tiene un profundo sentido común que exhibe en el auto en el que justifica la imputación de la infanta Cristina a la que se niega a considerar una fiel esposa ignorante (tipo Ana Mato para entendernos) sin vulnerar en ningún momento su derecho a la presunción de inocencia.

La impunidad es una de las palancas morales para justificar acciones extraordinarias como el escrache. Loables en sus fines, los medios vulneran claramente el estado de derecho. Actitudes como la del juez Castro demuestran que si las instituciones funcionan, la democracia se puede regenerar y profundizar sin perder por el camino principios que son básicos para la convivencia. El juez Castro no ha actuado en este caso ni con la bandera de populismo ni se ha dejado llevar por esta actitud infantil que ha tenido España con la institución monárquica basada en un respeto reverancial que la ha convertido en un jarrón chino en lugar de vigorizarla como algunos pretendían. La infanta saldrá más reforzada si va a declarar como pide el juez Castro que si no lo hace como pretende una fiscalía más atemorizada por la identidad del testigo que por la posibilidad de que un delito quede impune.