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NÓMADAS Y VIAJANTES

Series de tele frente a los 'drones'

Ramón Lobo

En una tarde calurosa de agosto del 2009 encontré en Bagha Bala, el barrio que separa el Kabul nuevo del viejo -una diferencia retórica tras 35 años de guerra-, a decenas de niños que querían ser médicos. Tras reírse de mi desconcierto, los adultos me explicaron que la mayoría veía una serie india de hospitales en la que los protagonistas tenían posición social, prestigio y dinero.

Le narré la anécdota días después a Ramzan Bashardost, político de la minoría hazara que quedó tercero en las elecciones presidenciales de aquel año, el único que viajaba sin guardaespaldas. «Este es el problema: ustedes nos han traído lo que nos sobraba: armas, bombas y soldados; quizá hubiera bastado con una serie de televisión».

EEUU y sus aliados entraron en Afganistán e Irak sin preguntar a la población qué necesitaba, cuáles eran sus prioridades. Eran parte de un paquete propagandístico que funcionaba en los informativos del primer mundo: la guerra contra el terror, una nebulosa lingüístico-ideológica en la que cabía todo menos la lucha contra el hambre, un problema que afecta a 870 millones de invisibles.

El psicólogo alicantino Eduardo Bofill trabajó en Liberia en el 2005 para el Servicio Jesuita para los Refugiados (JRC). Entraba tres veces por semana en West Point, un sumidero humano de nombre pomposo en el que se hacinaban 60.000 personas, muchas exguerrilleros de bandas rivales; restos de las guerras de Charles Taylor.

A West Point no iban los blancos. Decían que era peligroso. Bofill trabó amistad con Makintosh, un joven que tenía influencia en el arrabal. Se convirtió en su llave de acceso, en su garantía de seguridad. Tres veces cada semana durante varios meses Bofill llegaba a West Point cargado de balones, pivotes y cintas para jugar en la playa con los niños. El objetivo era devolverles la infancia robada, enseñarles la existencia de unas reglas de juego iguales para todos y, sobre todo, estar presente, ganarse la confianza para saber qué necesitaban, cómo ser útil.

El delito de la estupidez

El hoy exmisionero javeriano Chema Caballero, extremeño, dirigió un programa de recuperación de menores soldados en Sierra Leona. Pasaron más de 3.000 por el centro de Saint Michael, a 30 kilómetros al sur de Freetown. Algunos han llegado a la universidad. Son éxitos que justifican un programa basado en la paciencia. Caballero vivía en el Saint Michael rodeado de menores que habían matado, violado y cortado manos. No tenía (demasiado) miedo, era el jefe, tenía la auctoritas, hablaba el idioma local.

Unicef financiaba ocho semanas del proceso de rehabilitación cuando eran necesarios meses para que empezaran a vomitar horrores, a deshacerse de un pasado que se les aparecía en pesadillas. Caballero vivió con ellos, sufrió con ellos, les defendió de agresiones exteriores; estaba día y noche, siempre dispuesto a escuchar sus problemas.

Bofill y Caballero han hecho más que la ONU con sus miles de cascos azules por modificar las causas profundas de la violencia en Liberia y Sierra Leona. Sucede también en Haití: miles de programas oficiales, corrupción, mentiras, nada cambia hasta que un terremoto atrae cámaras y nuevas promesas.

George W. Bush y Barack Obama no saben quiénes son Chema, Eduardo y Ramzan. Donald Rumsfeld, el hombre que permitió Abu Ghraib, lanzó su guerra en Irak con un Ejército corto y una ilusión larga: los iraquís se mostrarían felices de ser liberados, no habría combates ni problemas; las tropas estadounidenses viajarían de Kuwait a Bagdad como si fuera un desfile por la Quinta Avenida. La estupidez cuesta miles de muertos; debería ser un delito.

El novelista y exespía británico John Le Carré afirmó tras el 11-S que los servicios de información estadounidenses habían fracasado al sustituir al hombre por los satélites. Sin ojos en el terreno estás ciego. Siempre son necesarias personas que conozcan el idioma y la cultura, que interpreten y descifren la realidad.

No sé qué habrá sido de los niños de Bagha Bala ni de la serie de televisión india que les hacía creer en un mundo mejor. Liberar Afganistán exige modificar una tradición que maltrata a la mujer y de la que los talibanes son meros guardianes, como el presidente financiado por Occidente, Hamid Karzai.

La mayoría de los dirigentes occidentales se mueven por periodos electorales; solo buscan ganar elecciones rodeados de obedientes a sueldo. Nadie arriesga, nadie se mancha los zapatos, nadie sueña ni permite soñar. Obama no manda series de HBO a Pakistán, Yemen o Somalia; ha optado por la dronepolitic: aviones no tripulados cargados de bombas inteligentes que causan muertes estúpidas, innecesarias. La propaganda nunca gana guerras, solo camufla derrotas en un mundo en el que los héroes cotidianos, los Chema y los Eduardo, son la excepción.

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